ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL TESORO PERDIDO DE LA ISLA DEL COCO
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domingo, 7 de enero de 2018

EL TESORO PERDIDO DE LA ISLA DEL COCO


Desde hace muchos años se ha considerado a la isla del Coco como un lugar en donde los más temidos y sanguinarios piratas pudieron esconder unos tesoros que en la actualidad siguen desaparecidos. Entre todas estas riquezas destaca el famoso Tesoro de Lima, en torno al cual se generaron unos acontecimientos que han cautivado a muchos aventureros que protagonizaron auténticas aventuras para tratar de resolver el misterio de la Isla del Coco.

por Javier Martínez-Pinna, artículo publicado en el número 340 de la revista Más Allá de la Ciencia.

La Isla del Coco es una de las pocas bases que pudieron utilizar los piratas que operaban en aguas del Pacífico para abastecerse de provisiones. La isla disponía de excelentes recursos hídricos y una nada desdeñable cantidad de alimentos gracias, en parte, a la introducción de animales europeos como el cerdo, que proliferaron en estas latitudes. Estas son algunas de las razones, por las que estos piratas eligieron aquel sitio como lugar de reunión, más aun teniendo en cuenta que entre la costa del Panamá y las islas Galápagos no había ningún otro sitio en donde hacer escala. 

Siendo así, no nos debe de extrañar la aparición de leyendas que narran las aventuras de distintos piratas, entre ellos el sádico Henry Morgan, que llegaron a estas tierras cargados de oro y joyas. Como era costumbre, el botín se repartía entre todos los miembros de la tripulación, pero el temor a que sus codiciosos compañeros les quitasen su parte hizo que algunos de ellos enterrasen su oro en algún lugar secreto de la isla. Según se dice, estos codiciosos piratas escalaron por los acantilados que bordeaban la costa y posteriormente se adentraron en la espesura de la selva, con la intención de ocultar unas riquezas que esperaban poder disfrutar en el futuro. Muchos confiaron en su memoria, pero otros decidieron elaborar extraños mapas que sólo ellos podían interpretar. Como se imaginará el lector, no todos tuvieron la posibilidad de recuperar lo que en su día fue suyo. Algunos terminaron colgados de la horca, otros abatidos por el fuego artillero de un navío español, mientras que sus botines quedaban ocultos y olvidados alimentado la ambición de muchos aventureros, que no tardarían en dirigirse a la isla y empezar una búsqueda que aún no ha terminado.


De los tres grandes tesoros que se supone hay en la isla, dos de ellos tuvieron que pertenecer a prestigiosos piratas. Uno de ellos fue Edward Davis, que formaba parte de un célebre grupo de bucaneros entre los que también estaban John Coxon, Bartholomew Sharp y William Dampier. Según cuentan las tradiciones, la base de operaciones de Davis estaba en esta isla del Coco, y desde allí dirigió sus ataques contra los barcos y ciudades españolas, haciendo que su fortuna creciese más y más hasta convertirse en legendaria. En 1684 decidió volver al Coco, y una vez allí enterró su tesoro en algún lugar desconocido. Mucho más tarde, la isla se convirtió en escondrijo de otro famoso pirata: el portugués Benito Bonito. En 1819, el pirata luso se hizo con un importante cargamento de oro procedente del puerto de Acapulco, y para evitar que cayese en manos de cualquier desconocido lo ocultó en la bahía de Wafer, en la isla del Coco, con la esperanza de poder disfrutarlo durante su placentera “jubilación”. Dos años más tarde, Benito Bonito murió luchando contra un militar británico de las Indias Occidentales, por lo que su tesoro quedó oculto en la isla hasta que unos investigadores lograron identificarlo utilizando un moderno detector de metales. 

Por fin se descubrió uno de los tres tesoros que según todos se encontraban en la isla, pero faltaban dos, y el último de ellos, el de Lima, fue siempre considerado como uno de los más espectaculares de la historia. Todo comenzó muchos años atrás, cuando las tropas realistas que defendían una de las pocas posiciones que los españoles conservaban en la América continental, lo vieron todo perdido y decidieron evacuar sus riquezas. En octubre de1820, ante el temor de que el tesoro del Perú cayese en manos de los independentistas hispanoamericanos, el virrey Joaquín de la Pezuela contrató un barco inglés que estaba atracado en el puerto del Callao, el Mary Dear, capitaneado por William Thompson, con la intención de evacuar el tesoro y salvarlo del expolio que le esperaba si continuaba en la capital del virreinato. Con todas las esperanzas puestas en el joven navegante británico, los españoles empezaron a subir a bordo 24 cajas gigantescas cargadas de oro y joyas preciosas, entre las que destacaban unas estatuas de oro macizo procedentes de la catedral de Lima. 

El día 22 de octubre el Mary Dear abandonó definitivamente el puerto del Callao, pero cuando apenas habían navegado unas pocas horas, el capitán Thompson le comunicó a su reducida tripulación qué era lo que verdaderamente llevaban en las bodegas del barco. Cegados por la codicia, los marineros no dudaron en acatar la propuesta de Thompson, que decidió poner rumbo hacia un antiguo refugio de piratas, la Isla del Coco, y una vez allí, en la bahía de Wafer ocultaron su cargamento en una cueva con 25 metros de profundidad. Como no podía faltar en una buena historia sobre piratas, los hombres del Mary Dear elaboraron un mapa, para no perder la pista del lugar en donde habían escondido su fortuna, y cuando lo tuvieron todo preparado levaron anclas y pusieron rumbo a la ciudad de Panamá, con tan mala suerte que a mitad de camino fueron interceptados por un corsario español, el Peruvian, que había salido de puerto tan pronto como se creyó que el capitán británico no iba a cumplir la parte de su trato. 

Ansiosos por conocer el destino del tesoro de Lima, los españoles no dudaron en interrogar de la forma más persuasiva que pudieron a los once tripulantes que encontraron embarcados en el Mary Dear. Al negarse a delatar donde habían escondido su enorme fortuna, ocho de ellos fueron fusilados inmediatamente, echando sus cuerpos al mar. Ante esta demostración de fuerza, los tres supervivientes decidieron confesar e indicaron a sus captores que el tesoro había sido escondido en la isla del Coco. No es difícil imaginar la emoción que sintieron los navegantes del Peruvian cuando descubrieron, por fin, qué era lo que había sido de la enorme fortuna que el virrey Pezuela había sacado del Perú. Pero para una empresa como ésta, necesitaban pertrecharse, y por eso se dirigieron hacia el puerto de Panamá, en donde no tardó en desencadenarse la desgracia. Una repentina epidemia de gripe diezmó a los tripulantes del barco español, y uno de los tres prisioneros que habían capturado en el Mary Dear, y que pensaban utilizar para encontrar el tesoro de Lima, murió víctima de la enfermedad, dejando a sus dos compañeros como los únicos testigos de su paradero. 



Los días fueron pasando, y la fiebre no parecía querer abandonar a unos hombres, que empezaron a relajar la vigilancia sobre los dos presos que, después de dos semanas atracados en el puerto, lograron al fin recuperar la libertad. Una noche en la que todo parecía estar en calma, vieron la oportunidad de lanzarse al mar por una escotilla que encontraron abierta. Luchando por su propia supervivencia, empezaron a nadar hasta llegar a un ballenero que permanecía anclado cerca del barco español. Cada vez más débiles, hicieron verdaderos esfuerzos por mantenerse a flote mientras que, en su desesperación, gritaban con todas sus fuerzas para que alguien acudiese a su encuentro. Tras varios minutos de agonía, fueron rescatados por el capitán James Morris, un ballenero norteamericano de New Bedford, que para alivio de los cautivos decidió partir el día siguiente con destino a Kona, en el Islas Sandwich. Allí, uno de los dos jóvenes decidió desembarcar, pero el otro, un tal Thompson, prefirió seguir con Morris hasta su base en Massachussets, iniciando una vida dedicada al mar en barcos que transitaban las rutas entre los EEUU y las islas del Caribe. 

Cada uno tomó un camino distinto y no volvieron a encontrarse en el resto de sus vidas. El rastro del famoso tesoro de Lima se había perdido para siempre. A partir de ese momento se inició una búsqueda no exenta de sobresaltos. 

Un lejano día de agosto de 1844, estando Thompson en el puerto de la Habana,, se encontró con John Keating, Primer Oficial de un barco canadiense, que tras invitarle a una cerveza le ofreció un puesto como marinero en su navío. El tiempo parecía haber hecho mella en el ánimo de Thompson, ya no se sentía con fuerzas para recuperar el grandioso tesoro de Lima, por lo que de camino a la Península del Labrador, le contó a su nuevo valedor la gran aventura que vivió a bordo del Mary Dear. Cuando por fin lograron atracar en el pequeño y tranquilo puerto de Saint John’s Newfoundland, Keating intentó organizar una expedición hacia la isla del Coco, pero sus habitantes no pudieron ni siquiera imaginar como el Primer Oficial había logrado creer los delirios de un marinero consumido por la edad y el alcohol, que por aquel entonces decidió renunciar a todos sus sueños y volver a su Inglaterra natal. 

Dos años después encontramos a Keating con su su barco fondeado en el puerto de Colón, en Panamá. Una vez allí, atravesó el istmo para llegar a la costa pacífica, en donde alquiló un pequeño barco con el que dirigirse a la Isla del Coco, con el pretexto de que iba a visitar la tumba de un antiguo pariente enterrado en este lugar. Keating logró llegar tras unos días de complicada navegación, con su pequeño barco sufriendo las inclemencias de un océano que se interponía entre el hombre y su destino. Al llegar a la bahía de Chatham desembarcó él sólo para dirigirse con un pequeño bote hasta la otra bahía de la isla, la de Wafer, en donde sabía que existía un enorme tesoro enterrado. El intrépido marinero empezó a andar siguiendo la ruta que años atrás le había indicado Thompson. Una hora más tarde logró alcanzar la cueva del tesoro, eso es al menos lo que él pensó, y con mucho esfuerzo logró apartar la enorme piedra que cubría su entrada. Una vez dentro encontró un puñado de monedas de oro, una pequeña muestra de lo que allí debía encontrarse. No hubo tiempo para más. Sin decir nada a nadie volvió a su embarcación y más tarde a su pueblo natal en Canadá, en donde cambió sus monedas por la nada desdeñable cantidad de 1.300 libras esterlinas, con las que compró dos barcos de pesca y amasó una importante fortuna. 

La tentación de una vida acomodada hizo mella en este hombre de mar, que a partir de ese momento se dio a la buena vida.. Pasaron los años y la salud de Keating se fue deteriorando, tanto que a partir del año 1870 vio cómo su cuerpo quedaba parcialmente paralizado, lo que le impidió cumplir su sueño de volver a la Isla del Coco. Tuvo que ser su viuda, la que decidió recuperar el proyecto de su difunto marido. En el 1897 partió de la Columbia Británica a bordo del Aurora con dirección al Coco. Lo más curioso de todo es que llevaba consigo un extraño mapa del tesoro, en donde se dibujaba la isla y un punto de tinta roja que señalaba el lugar exacto en donde se debería excavar. Pero los problemas empezaron pronto, porque nada más llegar a su destino el Gobernador Gissler se negó rotundamente a dejarles desembarcar en la isla; aunque poco después cambió de opinión cuando se le prometió una parte del botín y después de observar maravillado el magnífico mapa que mostraba, sin ningún género de dudas, el lugar exacto en donde se encontraba el ya legendario tesoro de Lima. 

A pesar de todo, nada fue lo que lograron encontrar, por lo que la expedición llegó a su fin, cerrando un capítulo más de esta larga historia que había empezado casi cien años atrás. Desde entonces, el hallazgo de este enigmático mapa del tesoro se convirtió en una de las principales obsesiones de todos aquellos que trataron de resolver el misterio; lo que provocó, como el lector podrá imaginar, la aparición de incontables mapas falsos que complicaron aún más la búsqueda. 

Algunos años atrás, un inglés llamado William Tucker había tratado de encontrar lo que Keating no pudo, mientras que en 1888 se produce otro hecho importante en la búsqueda de este espectacular tesoro. Por aquel entonces, un joven marinero alemán llamado August Gissler conoció en Kona, Hawai, a un viejo y alcohólico escoces llamado Mackcomber, al que todos conocían como “Old Mack”, y que era célebre por las increíbles historias que contaba sobre tesoros y piratas, algo que muchos consideraban fruto de su desmesurado afán por el ron. Eso no te tuvo que importar mucho al muchacho, porque pronto cayó enamorado de su joven hija, una bella muchacha nativa que cautivó al alemán. Antes de morir “Old Mack” le confesó a Gissler que él era, ni más ni menos, que uno de los dos cautivos que en su día sobrevivieron al famoso robo del Tesoro de Lima. Sin pensarlo, una vez fallecido su suegro, decidió viajar a la Isla del Coco, lugar en donde consumió parte de su juventud persiguiendo un sueño que nunca se hizo realidad. 

Más tarde, en 1931, un naufragio llevó a tres jóvenes californianos a habitar la isla durante seis meses. No les hizo falta más tiempo para descubrir una cueva del tesoro, tal y como insinuaron en un artículo publicado en la revista americana Magazine en 1932, cuyo título era “Seis meses en una isla desierta”. Nadie pareció hacerles mucho caso, pero esta historia volvió a resurgir a finales del 1949, cuando uno de los náufragos, un tal Paul Stachwick, propuso al gobierno costarricense participar en el rescate del Tesoro de Lima con la única condición de que las pertenencias que había pertenecido a la Iglesia, le fueran devueltas a su dueño. Para asombro de todos, aseguró que el acceso a la cueva era relativamente sencillo.

Gran interés tuvo la publicación de una tesis por parte de un historiador graduado en la Universidad de Costa Rica, llamado Raúl Arias Sánchez, en la que demostraba que el tesoro de Lima no era un simple mito, sino un hecho histórico claramente constatado gracias a las referencias que nos llegaron de Thompson y Mackcomber, de la fortuna de Keating y, por qué no, de las excavaciones de Gissler. Desde ese momento, el investigador costarricense trató de convencer a su gobierno para que efectuasen un rastreo de la isla utilizando tecnología de última generación, procedentes de Air Images System, que no es sino una especie de filial de la NASA, y que emplearía una especie de sensores para generar mapas tridimensionales desde un avión que haría vuelos rasantes sobre la bahía de Wafer. Posiblemente éste sería el medio más adecuado para desentrañar, de una vez por todos, el misterio de esta lejana y enigmática isla.




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