ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LOS EXPLORADORES DE HITLER. PRÓLOGO DE ÓSCAR FÁBREGA.
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miércoles, 22 de noviembre de 2017

LOS EXPLORADORES DE HITLER. PRÓLOGO DE ÓSCAR FÁBREGA.



El mundo está lleno de tesoros por descubrir. Bien lo sabe el autor de este libro que acaban de comenzar a leer, un digno sucesor de Robert Charroux, un escritor francés que escribió un libro maravilloso llamado Trésor du Monde (1962) y fundó el Club Internacional de Buscadores de Tesoros. Javier Martínez-Pinna es un experto en tesoros, y a ellos ha dedicado gran parte de su prolífica obra: su primer libro, El nombre de Dios, estuvo centrado en el misterio de la Mesa de Salomón; el tercero, Operación trompetas de Jericó, en el Arca de la Alianza; y entre uno y otro publicó una obra esencial sobre este tema: Grandes tesoros ocultos, una brutal y exhaustiva recopilación en la que recogía la historia de muchos de los grandes tesoros no encontrados de la historia. Sabe de lo que habla. Así pues, queridos lectores, han hecho bien en hacerse con este libro y en comenzar a leerlo. Les puedo garantizar que pocas personas como él podrían haberse enfrentado al reto de escribir sobre las extrañas búsquedas de los nazis y la obsesión que mostraron hacia algunos de estos tesoros perdidos. 

No es fácil hacer lo que ha hecho Javier. La vertiente arqueológica del nazismo, y el ahínco con el que buscaron determinados objetos, ha sido tratada en decenas de libros, pero casi siempre se ha hecho desde la mirada tendenciosa y sensacionalista de los que están más interesados en vender misterios que en aclararlos, lamentablemente. No es así en este caso. El autor de este libro es historiador, y como tal, sabe que la Historia, con mayúsculas, debe ser estudiada con respeto, rigor y minuciosidad. Solo así se puede llegar a conclusiones y opiniones válidas y razonadas. 

Repito, han hecho bien. 

No les quiero entretener demasiado, porque lo realmente importante es lo que Javier va narrar a continuación, pero, si me lo permiten, voy a lanzar una reflexión a bocajarro que creo que todos debemos hacernos sobre el curioso fenómeno del nazismo y la extraña apuesta por lo irracional de un régimen que, recordemos, triunfo no hace demasiado tiempo. Me explico: 

Pese a la revolución racional de la Ilustración, que tuvo como consecuencia directa el arrinconamiento cada vez más duro, despiadado y cruel de los dioses y sus mundos en la esquina de la imaginación y de la leyenda; pese al tremendo avance de las ciencias positivas durante los últimos tres o cuatro siglos, la épica batalla entre la fe y la razón no terminó, como muchos descreídos e ilusos pensaron. Es más, a principios del siglo xx parecía que los exponenciales avances de la ciencia iban, por fin, a arrinconar a las supersticiones, y que el Logos iba a vencer de una vez por todas al Mito. Pero algo pasó…

¿Cómo puede ser que en la Alemania de los años treinta y cuarenta del siglo xx, durante el infame Tercer Reich, Hitler y sus secuaces emprendiesen grandes esfuerzos por encontrar y rescatar del olvido algunos objetos míticos como el Arca de la Alianza, el Santo Grial o la Lanza de Longino? ¿Acaso no estamos hablando del mismo país en el que, sólo unos años antes, Albert Einstein había reformulado nuestros conceptos sobre lo que creíamos que era la realidad, el tiempo y la materia? ¿No fue en aquel mismo país donde otro científico, Max Planck, realizó una serie de descubrimientos alucinantes que darían lugar a la famosa, y tan de moda, física cuántica? Pues sí, señoras y señores, fue en aquel mismo país, en Alemania, en el mismo lugar donde varias décadas antes un filósofo bigotudo y algo locuelo había cuestionado a Dios y nos había dejado solos. Allí, en Alemania, no hace más de ochenta años, se invirtieron ingentes cantidades de dinero para buscar las citadas reliquias religiosas. ¿Qué había pasado?

De allí, de Alemania, era un señor llamado Otto Rahn que anduvo buscando el Santo Grial por las tierras del Languedoc, convencido como estaba que los buenos hombres cátaros lo habían escondido en alguna cueva perdida antes de que los bárbaros cruzados católicos acabasen con ellos. El propio Heinrich Himmler, cuentan, pregunto por el Grial en el Monasterio de Montserrat, ante la cara de asombro del padre Ripoll, que no le hizo demasiado caso. ¿Cómo explicar esto?

Ya lo dijo Goya un siglo antes. «El sueño de la razón produce monstruos». Quizás sea eso. Quizás lo que pasó durante la Alemania nazi tenga mucho que ver con una necesidad ancestral del ser humano que no tuvieron en cuenta los que pensaron que Dios, el Más Allá, los mitos y todo lo trascendente habían dejado de ser necesarios. Ese hueco emocional, ese déficit que dejó huérfanos a los que querían creer, se rellenó, en Alemania, con varias locuras irracionales protagonizadas por un terrible estado autoritario que, a la vez que perseguía a los judíos por considerarles una raza inferior, buscaba objetos de poder relacionados, precisamente, con los mitos de aquellas gentes. Visto así, resulta de lo más sorprendente que la propia Ahnenerbe buscase con ahínco, y por tierras españolas, el Arca de la Alianza, símbolo de la alianza entre Yahvé y el pueblo de Israel. 

Pero no queda aquí la cosa. El delirio irracional del Tercer Reich tuvo otro de sus máximos exponentes en las grotescas expediciones organizadas por la Ahnenerbe. ¿Saben ustedes que llegaron a enviar un equipo hasta el Tíbet, dirigido por el naturalista Ernst Schäfer, con el objetivo de encontrar los orígenes de la mítica raza aria? Los delirios raciales del régimen nazi se fraguaron en un extraño caldo de cultivo en el que se mezclaron las propuestas teosóficas de la señora Blavatsky con el neopaganismo germánico de Guido Von List y compañía. ¿Cómo es posible que en el mismo país, y en la misma época, en la que los físicos estaban descubriendo lo complicada que es la existencia y lo absurdo que es creer en eso de las razas, cuando no somos más que conjuntos organizados de átomos, se defendiese con tal pasión un concepto tan absurdo como la superioridad genética de unos humanos sobre otros? Si fuese nada más que esto. Si hasta estuvieron en Bolivia en busca de la evidencia de que unos antiguos colonos nórdicos habrían creado Tiahuanaco, la antigua capital andina, hace un millón de años…

Allí, en Alemania, unos años antes de la llegada al poder de Hitler, se desarrolló una sorprendente sociedad que, entre otras cosas, defendía que los arios procedían de un lugar llamado Thule, la mítica capital de la no menos mítica tierra Hiperbórea, una tierra que para esta gente se trataba de la auténtica Atlántida de la que había hablado Platón. Pero, en vez de situarse justo tras las Columnas de Hércules, donde comienza el Atlántico, la situaron al norte, entre Escandinavia e Islandia, regiones en las que, creían, se habían asentado los supervivientes de aquel mítico continente tras su colapso. Herman Wirth, uno de los fundadores de la Ahnenerbe, junto a Heinrich Himmler y Walter Darré, dirigió personalmente varias expediciones por las tierras del norte en busca de la evidencia aquel mítico pueblo del que, según afirmaban orgullosos, descendían. No les adelanto nada, pero fue muy poco lo que encontraron… Por cierto, de aquella Sociedad Thule surgió el NSDAP, el partido que unas décadas después llevó al poder a aquel mediocre pintor austriaco.

No les entretengo más. El amigo Javier les explicará mucho mejor que yo, y con más detalle, todo esto de lo que vengo hablando. Tengan cuidado, eso sí. Encontrarán hechos que les harán dudar de lo establecido e investigar por su cuenta. Y es que, si usted no está muy puesto en estos asuntos, y el amigo Javier Martínez-Pinna consigue, como creo que hará, que usted se enamore de estas historias, este será el comienzo de una aventura que superará a estas páginas. Habrá usted abierto una perturbadora caja de Pandora. 


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