ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL PALLETER. EL QUE TENGA HONOR QUE ME SIGA.
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lunes, 13 de noviembre de 2017

EL PALLETER. EL QUE TENGA HONOR QUE ME SIGA.


 Artículo publicado en la Revista Clío Historia, noviembre de 2017.




A principios del siglo XIX, la hegemonía y el papel protagonista que España había tenido en el mundo, no era más que un lejano recuerdo que evocaba la existencia de una nación poderosa, pero que se había dejado corromper por no saber luchar unida, y así superar los muchos peligros que amenazaban su supervivencia.

La sempiterna mediocridad de nuestra clase dirigente, empeñada en conservar sus prebendas, junto a la hasta ese momento indolente y ramplona actitud de la sociedad española, unido a los conflictos internos que fueron aprovechados por las minorías pudientes de algunas regiones para llevar a cabo un proceso de ruptura y así aumentar sus ya de por sí enormes privilegios, provocaron un estado de debilidad e inestabilidad, que fue aprovechado por Napoleón para caer sobre un país que parecía haberse acostumbrado a su propia apatía.

Mientras la mayor parte de nuestros dirigentes trataban de buscar responsabilidades para justificar su zafiedad y autocomplacencia, reclamando protección y seguridad en una Corte que se había puesto de rodillas ante el invasor, se escuchó un desgarrador grito de protesta que brotó del alma de miles de patriotas que decidieron, por última vez, luchar unidos para recuperar su honor y su libertad. Era el 2 de mayo de 1808, cuando una multitud de madrileños empezaron a concentrarse ante las puertas del Palacio Real de Madrid para evitar la más que previsible captura por parte de los soldados franceses, del muy querido infante Francisco de Paula.

Nadie de los allí presentes, pareció prestar la más mínima atención al primer carruaje que salió del palacio llevando en su interior a la antigua reina María Luisa, pero cuando el segundo se dispuso a acoger al infante, un simple zapatero llamado José Blas de Molina, seguido de tres mujeres que llevaban consigo sus cestos de la compra, se acercó al coche y al grito de ¡Que nos lo llevan!, provocó el inicio de la sublevación que fue contestada inmisericordemente por el general francés Murat, el cual ordenó abrir fuego sobre la multitud. Las calles de Madrid poco a poco empezaron a teñirse de sangre, pero eso no amilanó a los héroes anónimos que no tardaron en unirse a la lucha. Murat disponía por aquel entonces de 50000 hombres perfectamente adiestrados para la guerra. Contra ellos era poco lo que podían hacer los patriotas españoles, más aún por la infame y cobarde respuesta del ejército español, que salvo honrosas excepciones como las del Teniente Coronel Rodrigo López de Ayala, o los osados Daoiz y Velarde, decidió permanecer acuartelado, dándole la espalda a un pueblo que en esos momentos se disponía a morir para defender la integridad de la patria.

Apresuradamente, los madrileños formaron pequeñas partidas de barrio, comandadas por unos caudillos que intentaron armar a los hombres, mujeres e incluso niños que salieron a las calles con la intención de luchar por su libertad. Palos, piedras, navajas… fue lo único que pudieron poner frente al temido ejército napoleónico que en esta ocasión decidió utilizar la violencia más extrema para reprimir a cientos de patriotas que poco a poco fueron cercados y exterminados. La represión que continuó a esta sangrienta jornada fue brutal, porque el francés quiso castigar a los sublevados y utilizarlos como escarmiento para que el resto de españoles no se volviese a plantear la lucha contra un ejército que hasta ese momento se había demostrado invencible en los campos de batalla de todo el continente.

Contento por la demostración de fuerza y por su convencimiento de que el ímpetu de los patriotas españoles había quedado mermado, Murat se dispuso a celebrar su triunfo. Ahora ya nada podría impedir que el resto de España se pusiese a los pies del poderoso ejército francés, pero con lo que no pudo contar fue con el hecho de que la sangre derramada por los madrileños inflamase los ánimos de sus compatriotas, comenzando en ese mismo momento nuestra Guerra de Independencia, cuyas consecuencias fueron fundamentales para conocer la evolución política de la España Contemporánea.

El mismo día 2 de mayo, por la tarde, en la localidad de Móstoles un prestigioso político llamado Juan Pérez Villamil, fue consciente de las terribles noticias que llegaban procedentes de la capital. Venciendo sus temores por las posibles repercusiones de la decisión que estaba a punto de tomar, obligó a los alcaldes de Móstoles a firmar un bando por el que se llamaba a todos los españoles a empuñar las armas contra el temido invasor. Poco a poco, las grandes ciudades, e incluso las pequeñas localidades de España empezaron a alistar voluntarios y movilizar tropas, algunas incluso para marchar a toda prisa en auxilio de Madrid. La muy leal ciudad de Valencia, fue una de las primeras en dar un paso al frente, al levantarse contra los franceses y mostrar su inquebrantable patriotismo, uniéndose al levantamiento tras un curioso episodio protagonizado, según la tradición, por Vicente Doménech, más conocido por el sobrenombre de El Palleter.

Corría el año de 1783, cuando en la localidad de Paiporta, próxima a Valencia, nacía Vicente Doménech, en el seno de una familia campesina. Siendo todavía un niño se trasladó al municipio valenciano de Patraix (en la actualidad un barrio de la capital del Turia), en donde desde bien pronto se dedicó a vender pajuelas inflamables (una especie de cerillas) motivo por el cual recibió el apodo con el que se le conoce popularmente: el Palleter. Así pasó su infancia y gran parte de su juventud, ajeno a lo que ocurría en el resto de un mundo conmocionado, y ocupando su tiempo en deambular por las estrechas callejuelas de este humilde enclave, vestido con un traje de huertano, en el que destacaba una franja roja situada en la cintura.

En Valencia, cada vez eran más insistentes los rumores que hablaban sobre la ocupación francesa de España, pero estos no se vieron confirmados hasta el día 23 de mayo de 1808. Desde días atrás, la pequeña placeta de les Panses, se había convertido en lugar de reunión de unos vecinos que observaban con preocupación las noticias procedentes de Madrid. La situación ya era tensa días antes de que los valencianos decidiesen declarar la guerra a los franceses, porque no fueron pocos los que ya habían exorado al pueblo para que defendiesen sus tierras y se pusiesen en contra del francés, entre ellos el padre Rico de la pequeña pedanía de Beniferri. Por las calles de Valencia empezaron a circular unos pasquines en donde se podía leer: La valenciana arrogancia / Siempre ha tenido por punto / No olvidarse de Sagunto / Y acordarse de Numancia. / Franceses idos a Francia, / dexadnos en nuestra ley, / que en tocando a Dios y al Rey, / a nuestras casas y hogares, / todos somos militares, / y formamos una grey.

De esta forma llegamos al día 23, para encontrarnos en la plaza con una multitud que se congrega para ser consciente de una fatídica noticia. El rey de España ha abdicado en favor de Napoleón. De repente observamos como un sepulcral silencio se apodera de todos los presentes, pero esa quietud no tarda en quebrarse cuando un individuo anónimo levanta la voz y enciende los ánimos del pueblo de Valencia al grito de ¡Viva Fernando VII! Pocos minutos después las calles de la ciudad del Turia rugen por el sonido ensordecedor de miles de patriotas, que envalentonados se dirigen hasta la Casa de la Audiencia (hoy Palacio de la Generalitat) proclamando su lealtad a la monarquía española. Una vez allí, observan apesadumbrados el patético espectáculo protagonizado por unos políticos mediocres que no se deciden, por falta de valor, a declarar la guerra a aquel que ya ha sometido a toda Europa. Ante dicha situación, el pueblo de Valencia envió un representante, el franciscano Rico, con la intención de firmar un Acuerdo por el que la ciudad, después de hacer ondear la bandera como acto de declaración de guerra, se comprometía a reclutar a los hombres jóvenes, entre 16 y 40 años, para luchar por la causa de su rey legítimo, Fernando VII.

La indignación por la indecisión del los que estaban en el interior de la Casa de la Audiencia, hizo que un hombre cuya historia parece estar a mitad de camino entre la realidad y la leyenda, el Palleter, emergiese entre la multitud para convertirse, desde entonces, en un mito. Inmediatamente empieza a desenrollarse la faja que llevaba ceñida a su cintura y posteriormente la trocea para repartirla entre sus compañeros, guardándose para sí mismo el fragmento más grande que pone en la punta de una caña, quedando a ambos lados dos estampas, una que representa a la Mare de Déu dels Desamparats, y en la otra con la imagen de Fernando VII.

Esta fue la oportunidad que el pueblo de Valencia tanto había estado esperando desde que fueron conscientes de que la patria había sido invadida por los franceses. Un simple acto de un personaje humilde que no dudó en enarbolar su peculiar bandera e iniciar una marcha hacia la Plaza del Mercado, seguido por una comitiva que no dejaron de aclamarlo hasta que el Palleter llegó a su destino. Una vez allí, nuestro protagonista se subió a una silla para que la multitud que ya abarrotaba la plaza, fuese consciente de lo que el Palleter estaba a punto de hacer. En primer lugar cogió un pliego en el que se podía leer la orden del gobierno de Madrid de reconocer como rey a José Bonaparte y lo troceó ante el frenesí de todos los que le rodeaban, para después pronunciar la famosa frase: UN POBRE PALLETER LI DECLARA LA GUERRA Á NAPOLEÓN: VIVA FERNANDO VII, Y MUIGUEN ELS TRAÏDORS.

Forzado por la iniciativa de un pueblo que había decidido dar un paso adelante para defender la integridad del reino, la ciudad de Valencia aprobó el Acuerdo por el que se declaraba la guerra a Napoleón, proclamando como rey de España e Indias a Fernando VII. Desde ese momento, la ciudad del Turia supo estar a la altura y destacó por el ímpetu de sus vecinos por repeler a un agresor que llegó a sitiar la localidad en tres ocasiones, durante los años en los que el país tuvo que afrontar su prueba más difícil, saliendo victorioso gracias a la unión de todos en defensa de la causa común.

Antes de la victoria final española, un soldado francés escribió una carta a su hermano en la que se leía lo siguiente: Hemos atacado Valencia… y nos hemos encontrado una resistencia sin igual. No hay en el mundo villa fuerte, castillo sin fortaleza que haya defensa más activa ni más obstinada. Los valencianos se han defendido con honor y se han batido con una heroicidad sin par.

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