ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: SERTORIUS. GUERRA EN HISPANIA.
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martes, 21 de marzo de 2017

SERTORIUS. GUERRA EN HISPANIA.


Durante la Baja República, una serie de generales se enfrentaron entre sí con la intención de imponer su voluntad en el Senado. Uno de ellos, Sertorius, llevó la guerra hasta España, para desde aquí desafiar a la todopoderosa Roma.


A principios del siglo I a.C. la República romana se disponía a emitir su particular canto del cisne, anunciando la llegada de una nueva época caracterizada por la concentración de todos los poderes del estado en manos de una sola persona. Roma ya no era una pequeña ciudad rodeada de enemigos a los que debía de combatir para garantizar su propia supervivencia. Con el paso de los siglos, y especialmente después de su victoria sobre la poderosa Cartago en la Segunda Guerra Púnica, se había convertido en la potencia hegemónica del Mediterráneo, pero tantos años de lucha no hicieron más que acelerar un proceso que al final significó el derrumbamiento de las instituciones republicanas.

Efectivamente, la otrora ciudad-estado latina había sobrevivido a las contradicciones de la revolución del hierro, y del aumento demográfico consecuente, con un contrato social entre plebeyos y aristócratas, cuyo punto de fuga y sostenimiento había sido el ejército de ciudadanos libres dirigidos por una nobilitas cuyas ambiciones siempre debían alimentarse con tierras fértiles. La conquista sostuvo este contrato, la entrada de riqueza y el reparto de tierras apaciguaron una revolución pendiente que tuvo su definitiva eclosión en las guerras civiles romanas desde Mario y Sila hasta Julio César y Pompeyo, para culminar en la instauración del Imperio con Augusto.

A la falta de tierras del pequeño campesinado romano, se le unió la exasperante situación en la que se encontraban los pueblos italianos que aún no habían accedido a la ciudadanía, y sobre cuyas espaldas recayeron una buena parte de las exigencias fiscales de una República asfixiada por los enormes gastos ocasionados por sus responsabilidades bélicas. El fracaso de la legislación introducida por M. Livio Druso en el 91 a.C. para aliviar su situación, fue contestado con el estallido de una guerra social que a la postre significó la concesión de la ciudadanía para todos los habitantes de Italia.

Por todo ello, los graves problemas padecidos tanto por los itálicos como por los pequeños campesinos romanos se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para que políticos o soldados como Mario, Sertorio o Julio César, ambicionaran el poder del tradicional partido de los optimates, aunque esta vez peleando en favor de los más desfavorecidos, en la eterna lucha de clases, y jugando también sus cartas personales, por qué no, para ver aumentadas sus ambiciones, sus intereses y su dignitas. Fue entonces cuando estas figuras dominantes, apoyadas por algunas facciones de la aristocracia romana, pero también por el ejército y sus clientelas personales, empezaron a luchar por convertirse en los primeros hombres de Roma.

Uno de esos hombres sería Quintus Sertorius. Nacido el 122 a.C., en el seno de una familia humilde de Nursia, en la región de los Montes Sabinos. Aunque pronto destacó como buen orador, su fama le vendría como soldado a las órdenes de Cayo Mario. En su cursus honorum, Sertorio cuenta con haber sido tribuno militar en Hispania desde el 97 hasta el 93 a.C., cuestor en la Galia Cisalpina tres años más tarde, y legado durante la guerra social. Declarado abiertamente enemigo del partido de los optimates y por tanto de Sila las fuentes nos sitúan a Quinto entrando en Roma junto a Mario y Cinna en el año 87 a.C. al frente de dos ejércitos durante la primera guerra civil. Los generales populares llevaron a cabo una auténtica limpieza de opositores imponiendo un férreo gobierno en manos de Cinna, del que Sertorio participó abiertamente. Sin embargo la crueldad demostrada por Mario y por Cinna con el enemigo no fue compartida por el sabino en modo alguno, mostrándose contrario a toda ejecución sumarísima tras la instauración del nuevo gobierno.

En el 83 a.C. Cinna nombraría a Sertorio pretor de la Hispania Citerior, una provincia ya conocida por él porque, como dijimos, había sido tribuno militar allí diez años atrás. Pero fue a partir de este momento cuando los acontecimientos se precipitaron en Roma, ya que en el 86 a.C. Sila se había hecho dueño de Atenas, firmando un pacto con Mitrídates que le entregó parte de su ejército, fortaleciendo así su posición para su regreso a Roma. Ante la inminente marcha de Sila sobre Roma, las tropas de Cinna se sublevaron y acabaron ejecutándole y pasándose al bando conservador. Al mismo tiempo, generales como Metelo en África, Craso en Hispania o Pompeyo en el Piceno unían sus fuerzas para tomar Roma junto a Sila. Todo estaba acabado para el bando popular de Mario, y fueron muchas las deserciones en vista de un giro radical en el gobierno de la República.

En el 83 a.C., el mismo año en el que Sertorio iniciaba su cargo de pretor en Hispania, Sila desembarcaba con su ejército en el puerto de Brundisium, venciendo a todos los ejércitos que los populares le pusieron en su camino hasta que el general conservador se plantó ante las puertas de Roma a principios de noviembre del 82 a.C. Sertorio pudo impedir o parar las ejecuciones sumarísimas que Mario y Cinna habían llevado a cabo cuando entraron en la ciudad eterna, sin embargo nadie pudo parar al nuevo dictador de Roma en su sed de sangre y de venganza. De entre todos los prisioneros hechos entre el enemigo asesinó a 3.000 de ellos frente a las murallas de la ciudad, para que sus aterrorizados habitantes escuchasen sus lamentos y agonía como aviso de lo que les esperaba cuando entrara en Roma. En la devastación de las ciudades aliadas de Mario destacó Praeneste, donde 5.000 prisioneros tras entregar sus armas y mostrar sumisión al vencedor fueron ejecutados y sus cuerpos diseminados por el territorio para horror de la población.

Tras apoderarse finalmente de la capital, Sila llevó a cabo una política sustentada en el terror y la persecución a través de las denominadas proscripciones, listas de supuestos enemigos publicadas a través de edictos proconsulares por las que se prohibía dar asilo y ayuda de todo tipo, a los ciudadanos de la lista bajo amenaza de muerte, además de recompensar económicamente al denunciante o asesino de cualquiera de estos proscritos. El terror más absoluto se apoderó de Roma. Además se confiscaron todos los bienes y tierras de los desgraciados cuyo nombre apareciera en las listas. Fuentes romanas, como Tito Livio, nos cuentan que el Tesoro Público, o sea Sila, llegó a hacerse con más de 350 millones de sestercios con la venta de los bienes de los proscritos, quedándose él mismo con las mejores propiedades a un precio ridículo. Fue así como Craso, aliado de Sila, amasó su inmensa fortuna. Como colofón a la brutal venganza las cenizas de Cayo Mario, muerto pocos años atrás, fueron exhumadas y arrojadas al río Anio (afluente del río Tíber en Roma).

Sertorio que se encontraba ante este panorama como pretor en Hispania Citerior vio cómo el nuevo dueño de Roma le daba su cargo a Valerio Flaco. Ante la crueldad de Sila y su nueva condición de proscrito en esta lejana provincia, el sabino, hispano de adopción, decidió continuar la guerra civil, esta vez en un territorio que conocía como la palma de su mano, y con un ejército, tanto itálico como hispano, que a pesar de todo le siguió lealmente. Para ello el nuevo líder de la facción popular estableció dos líneas defensivas en la Península Ibérica, una en el paso de los Pirineos, al mando de su segundo, Livio Salinator, y otra en el Ebro. Sin embargo Salinator fue asesinado, y un ejército silano al mando de Valerio Flaco y de Annio Lusco penetró en la península obligando a Quinto a refugiarse en Cartago Nova con 3.000 hombres fieles a su causa. De Cartago Nova dio el salto a Mauritania donde pudo reclutar más hombres fieles a su causa. Las fuentes llegan a informar de acuerdos de Setorio incluso con piratas cilicios en su guerra de acoso a los optimates, llegando a poner sitio y tomar la ciudad de Tingis en el norte de África. En el 80 a.C. cuando Sertorio se sintió con fuerzas, decidió regresar a Hispania con un ejército renovado para obtener una victoria frente al propretor Cotta, cuyas consecuencia fueron mejores de las que él mismo se esperaba porque justo después logró pactar con los lusitanos, uniendo sus huestes a las del romano rebelde. Tras esta unión de fuerzas volvería a vencer a otro propretor, Lucio Fudidio, colocando la dictadura de Sila en un verdadero aprieto, y aún más, en una de las provincias más ricas de la República.

Es en este contexto de reanimación de la guerra civil cuando Sila toma la decisión de enviar al procónsul Quinto Cecilio Mételo Pío, en el 79 a.C., al mando de dos legiones y tropa auxiliar, en total unos 40.000 hombres, para terminar con el maldito rebelde. Sin embargo Mételo se encontró en Hispania frente a un experimentado general que en inferioridad numérica fue capaz de ponerle en jaque, e incluso le obligó a refugiarse en la zona del Guadiana, animando a Sertorio a instituir un Senado y autonombrarse procónsul. Para ello practicó una política suave para con los nuevos gobernados, con rebajas fiscales además de tolerancia y sentido de la justicia, aumentando así los acuerdos con pueblos hispanos que le seguían ahora lealmente, especialmente en Hispania Citerior. La zona de operaciones y control de Sertorio se movía entre Calagurris (Calahorra), Osca (Huesca) e Ilerda (Lérida). En Osca llegó a fundar una Academia para educar al estilo griego y romano a los hijos de las élites locales. Igualmente suministró adiestramiento militar romano a las tribus celtíberas aliadas. Sertorio se encontraba en su apogeo en Hispania, uniéndose a él Marco Perpenna (proscrito por Sila) junto con su ejército, lo que le permitía el control absoluto de toda la provincia Citerior. El total de sus combatientes llegó a sumar unos 60.000 infantes y 8.000 jinetes.

Mientras tanto, en Roma, Sila había dejado el poder a finales del 79 a.C. retirándose a una villa en Puteoli, en la Campania, donde murió, probablemente de algún tipo de cáncer intestinal en el año 78 a.C. Por orden del Senado de Roma, en el año 76 a.C. el todavía joven general del partido conservador Cneo Pompeyo Magno, apodado desde la Guerra Social (91-88 a.C.) como adulescentulus carnifex, "el adolescente carnicero", por su crueldad en la batalla, cruzó los Pirineos con un ejército similar en número al de Sertorio. Por aquel entonces la ciudad de Lauro, Edeta para los íberos, y hoy llamada Liria, en la provincia de Valencia, estaba siendo sitiada por el sabino por haber cambiado de bando. Pompeyo vio su oportunidad de asestar un golpe de mano al autoproclamado procónsul, pero se encontró que Quinto, en una hábil maniobra envolvente, consiguió hacerle perder más de 10.000 hombres. Tras esto Sertorio, aunque indulgente como siempre con la población civil de Lauro, sometió a saqueo e incendió la ciudad y el campamento del general enviado por Roma. Además Pompeyo todavía tuvo que sufrir una emboscada cuando huía con el resto de su tropa perdiendo otros 10.000 hombres además de 5.000 aliados.

Las fuerzas conservadoras de Roma tardaron todo un año en rehacerse de la derrota infligida por Sertorio y su ejército hispano. A partir de ese momento reanudaron la guerra, pero esta vez con más cautela y evitando en lo posible el choque directo con el general sabino. Los dos procónsules, Metelo y Pompeyo Magno comenzaron a tomárselo en serio y a colaborar entre ellos, dejando para más tarde la gloria personal. De esta forma el primero logró asestar un duro golpe a la causa popular al derrotar al lugarteniente de Sertorio, Hirtuleyo, en Itálica, para más tarde destruirlo por completo cerca de la actual Segovia, donde el segundo del sabino perdió la vida junto con 20.000 de sus hombres. Por su parte el Magno infligió similar castigo a Cayo Herennio, y otros 20.000 infantes cayeron en un campo de batalla próximo a la actual ciudad de Valencia. Sólo otro general, Perpenna, continuaba al lado de Sertorio. No obstante estas victorias, Pompeyo volvería a recibir un duro correctivo en el río Sucro, actual Júcar, perdiendo, según las fuentes, 6.000 hombres frente a los 3.000 de Sertorio, que esta vez sí, se encontraba personalmente al frente de sus tropas.

En este contexto las tribus vasconas concertaron una alianza con Pompeyo, que empezaba a destacar también como un hábil político, salvando in extremis el famélico avituallamiento de su tropa. Se dirigió al territorio vascón donde fundo la ciudad de Pompaelo, salvando la campaña y consiguiendo reunir para el año 74 a.C. un ejército de unos 50.000 hombres entre alianzas y refuerzos que le llegaban desde Roma. Por su parte Sertorio se encontraba cada vez más aislado, con deserciones que recortaban sus efectivos para el combate y sin conseguir una batalla campal abierta contra Pompeyo, donde pudiera desplegar su ingenio militar para darle la vuelta a la situación. Muy al contrario, Pompeyo se puso manos a la obra para asediar y atraer, por la fuerza o por la alianza, a las ciudades populares a la causa conservadora. La táctica llevó aparejada la pérdida de las plazas fuertes costeras de Sertorio, cortándole la llegada de suministros y obligándole a seguir la lucha en el interior.

La campaña de acoso que por dos frentes llevaron a cabo Pompeyo y Metelo respectivamente, diezmando los campos y atrayéndose a su causa a la población hispana, estaba dando un resultado extraordinario, tan evidente que volvieron a cometer el error de plantarle cara directamente al sabino al intentar tomar Calagurris, ciudad defendida personalmente por Sertorio, perdiendo en el intento más de 3.000 soldados y echando a perder parte de lo conseguido durante el año 74 a.C.

La reanudación de la guerra en el 73 a.C. la llevó a cabo Pompeyo en solitario, con la audaz estrategia de ir comiendo el terreno en la Celtiberia a Sertorio que se refugió en el valle del Ebro donde las ciudades fieles de Ilerda, Osca y Calagurris le daban refugio y soporte logístico. En la costa, las últimas ciudades fieles, Tarraco y Dianium también habían caído por lo que la situación se planteaba extrema. Un año más tarde Marco Perpenna, uno de sus fieles lugartenientes organizó un banquete en la villa de Sertorio en Osca. Allí junto con el resto de oficiales del ejército rebelde asesinaron a Sertorio, asumiendo el control, de lo que quedaba de la aventura del partido popular de Cayo Mario en Hispania. Pero la jugada no le salió bien a Perpenna, ya que poco después Pompeyo decidió presentarle batalla e infligirle una dura derrota, después de la cual fue hecho prisionero y ejecutado..

A partir de este momento las ciudades aún fieles a la causa sertoriana fueron sometiéndose al nuevo paradigma, a excepción de Tiermes, Uxama (Osma), Clunia y Calagurris, que acabaron siendo tomadas por los legionarios de Pompeyo una por una. No obstante, la ciudad de Calagurris plantó una resistencia numantina antes de caer, en la que algunos hombres llegaron a practicar el canibalismo antes de rendir la plaza ante Pompeyo.

No sabemos muy bien la forma en la que el romano de a pie, siguió los acontecimientos que se estaban produciendo en la lejana Hispania, aunque nos atrevemos a pensar que no con indiferencia, porque una vez más un pueblo de este áspera y ruda tierra situada en el occidente europeo había demostrado a la todopoderosa Roma, que ellos querían vivir como una comunidad de hombres libres. Hasta mucho tiempo después, los romanos utilizaron una frase que se llegó a hacer célebre, la de la fames calagurritana como proverbio para tiempos de grandes hambrunas.



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