ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: SANZ BRIZ, “EL ÁNGEL DE BUDAPEST”
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lunes, 20 de marzo de 2017

SANZ BRIZ, “EL ÁNGEL DE BUDAPEST”





En julio de 1941, Reinhard Heydrich, comandante de la Oficina Central de Seguridad del Reich, recibió un encargo que sólo una mente degenerada como la suya, podía soñar con llevar a la práctica: la organización de la solución final de la cuestión judía en todos los territorios ocupados por Alemania.

El objetivo de Heydrich y de los más altos responsables del régimen de terror impuesto por los nazis, fue la eliminación premeditada y el exterminio físico de todos los judíos europeos, a los que siempre habían considerado como los máximos responsables de los males de Alemania. Desde los momentos finales del 1942, cuando empezaron a sospechar que su ansiada victoria para establecer un nuevo imperio ario de mil años de duración, se les estaba escapando de las manos, los nazis empezaron a aplicar esta política de terror cuyas consecuencias nadie podía imaginar. El Reichsführer Heinrich Himmler, ordenó el traslado de todos los judíos a campos de concentración como el de Auschwitz, lugares en donde toda una comunidad iba a ser testigo del horror cuando entre los meses de mayo y julio de 1944, los SS decidieron asesinar a sangre fría a cerca de 400.000 judíos húngaros. Hombres, mujeres, niños, ancianos, a veces incluso familias enteras fueron conducidas hasta las cámaras de gas para ser sacrificados inmisericordemente, en una orgía de violencia de tales proporciones que incluso los hornos crematorios del campo quedaron saturados, por lo que sus cuerpos fueron quemados en hogueras al aire libre.

Durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial, el mal más absoluto quiso apoderarse del corazón de los hombres, pero fue precisamente en ese mismo momento cuando surgieron unos individuos que arriesgaron sus vidas y sus carreras con la única intención de salvar del exterminio a miles de judíos, cuyo camino se empezó a iluminar gracias a estos héroes anónimos, cuyo sacrificio sólo fue reconocido, en la mayor parte de las ocasiones, hasta mucho tiempo después de su muerte.

A pesar de ser prácticamente desconocidos para nosotros, por haber quedado su nombre eclipsado por la figura un tanto controvertida de Schindler, algunos de estos hombres fueron españoles, como Eduardo Propper de Callejón, el cual centró sus hazañas en la Francia ocupada por los nazis a partir de 1940. Propper abrió las puertas del consulado español en Burdeos a cientos de judíos que llegaron hasta este lugar esperando un milagro, para después proporcionar la documentación necesaria con la que logró salvar a unas 1500 personas de una muerte segura. Del mismo modo, y también en Francia, el diplomático español Bernardo Rolland de Miota se rebeló contra los decretos antisemitas del gobierno colaboracionista de Vichy, haciendo todo lo posible por salvar a los miles de judíos sefardíes de París, cuya nacionalidad española había quedado reconocida mediante un decreto aprobado en 1924 por Miguel Primo de Rivera.

Otro de los héroes españoles, fue el zaragozano Ángel Sanz Briz, cuya pasión por la carrera diplomática se hizo evidente desde el mismo momento en el que terminó sus estudios de Derecho, aunque su primer nombramiento se tuvo que demorar como consecuencia del estallido de la Guerra Civil, en la que tomó parte sirviendo en las tropas franquistas. Tras un breve paso por Egipto, en donde sirvió como encargado de negocios en la ciudad de El Cairo, Sanz-Briz recibió su segundo destino, en esta ocasión en la embajada española de Hungría, un país que mantenía una estrecha alianza con el Eje. Hasta allí viajo para sustituir a Miguel Ángel de Muguiro, el cual fue destituido por la controversia surgida después de ayudar a unos 500 niños judíos a los que ofreció un visado español para escapar de la muerte.

Pero lo peor aún estaba por llegar, porque en marzo de 1944 los alemanes ocuparon Hungría, estableciendo un gobierno títere presidido por Ferec Saláis, de la Cruz Flechada. Inmediatamente, los nazis empezaron a poner en práctica sus planes de exterminio en territorio húngaro, uno de los más castigados por la violencia del Reich, al ser asesinados cerca de 600.000 judíos hasta el final de la guerra.

Indignado por la locura desatada por los alemanes y por unos planes que el mismo consideraba como inhumanos, Sanz-Briz decidió denunciar las disposiciones antijudías que se estaban aplicando en Hungría. En una carta enviada a Madrid fechada en septiembre de 1944, el diplomático español informó al gobierno franquista sobre la presencia de miles de judíos, recluidos en las “casas estrelladas” que esperaban su turno para ser enviados a los campos de exterminio y ser asesinados por medio del gas.

Con el beneplácito del Ministerio de Asuntos Exteriores Español, Sanz-Briz empezó una larga carrera contra las fuerzas del odio, en la que llegó a poner en peligro su propia vida, y sin otro interés más que luchar contra una injusticia orquestada por lo que él consideraba como la encarnación del auténtico mal sobre la faz de la Tierra. Desafiando a las autoridades húngaras, empezó a alojar en la embajada de Budapest, a todos los judíos que hasta allí acudían en busca de ayuda y clemencia. El gran problema era que esta situación no podía mantenerse durante mucho tiempo, y por eso el diplomático zaragozano pidió permiso al gobierno de Madrid para emitir visados a los judíos sefardíes, y así poder salvarlos por su origen español.

La genialidad de Sanz-Briz no era menor que su bondad. Después de duras negociaciones logró el permiso de las autoridades húngaras para expedir 200 documentos individuales, pero él los terminó convirtiendo en salvoconductos para todas sus familias, y no contento con eso continuó expidiendo miles de pasaportes a favor de todos los judíos, evitando que estos llevasen un número superior a 200.

A partir de entonces, el sueño de Sanz-Briz por salvar de la muerte al mayor número posible de semejantes, se convirtió en una obsesión. Frecuentemente se le vio recorriendo las estaciones desde donde los judíos salían deportados, tratando de interceder por ellos para ganar su libertad. También en las tétricas marchas de la muerte, escudriñando entre los miles de judíos que caminaban apesadumbrados ante la inminencia de su muerte. Pero nada parecía suficiente, porque el número de judíos en peligro seguía creciendo, lo que le llevó a alquilar ocho casas, en las que colgó placas anunciando su carácter diplomático, y que él utilizó para cobijar a cientos de familias. Su esfuerzo fue ingente, porque él mismo se encargó de transportar alimentos y medicinas, a veces sorteando las bombas que ya empezaban a caer sobre la ciudad de Budapest. Afortunadamente, el insigne zaragozano no se vio solo, porque otros diplomáticos como el suizo Carl Lutz, o el sueco Wallenberg e incluso el nuncio apostólico Angelo Rotta, supieron sacar lo mejor de sí mismos en esta auténtica lucha entre el bien y el mal.

Los historiadores han calculado en 5200 el número de judíos que el “Ángel de Budapest” liberó de la muerte durante su estancia en la capital húngara, sin duda muchos más de los que en su día salvó Oskar Schindler, más conocido por el público en general gracias a la maravillosa película dirigida por Steven Spielberg en 1993, aunque como suele pasar, el justo reconocimiento de los méritos de nuestro compatriota no llegó hasta mucho tiempo después de su muerte. Sanz-Briz alcanzó el cargo de embajador después de la Segunda Guerra Mundial, y siempre luchó por los intereses y los derechos de los españoles y por dar esperanza a los más desfavorecidos. Uno de los puestos más apreciados por él, al ser un hombre de profundas convicciones católicas, fue la embajada española ante la Santa Sede, lugar al que fue destinado en 1976. Desgraciadamente no pudo disfrutar por mucho tiempo de su nueva responsabilidad, porque Sanz Briz falleció el 11 de junio de 1980.

En 1991, el Museo del Holocausto Yad Vashem de Israel le distinguió con el título de “Justo entre las naciones”, y tres años más tarde, el gobierno húngaro le concedió, a título póstumo, la Cruz a la Orden del Mérito de la República Húngara. Los reconocimientos continuaron en años posteriores; en el 2008 la embajada española de Budapest le ofreció un merecido homenaje, mientras que el 15 de mayo de 2016 la ciudad de Madrid le honró con su Medalla de Oro.






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