ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: JOAQUÍN COSTA Y EL REGENERACIONISMO ESPAÑOL
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miércoles, 22 de marzo de 2017

JOAQUÍN COSTA Y EL REGENERACIONISMO ESPAÑOL





La pérdida de los últimos territorios de  nuestro imperio colonial después de la injusta guerra contra los EEUU en 1898, no supuso un desastre para la economía española ya que, en términos generales, se pudieron emprender importantes reformas que posibilitaron el saneamiento de la Hacienda, al mismo tiempo que se produce una repatriación de capitales y el mantenimiento de los mercados latinoamericanos. La pérdida de Cuba y Filipinas provocó, en cambio, una conmoción inmensa y una crisis de nuestra conciencia nacional, expresada en la obra de autores como Unamuno o Baroja, que empujó a un grupo de intelectuales a denunciar las contradicciones del régimen político español basado en el sistema de la Restauración, caracterizado por la alternancia en el poder de las dos ramas principales del liberalismo (moderados y progresistas) mediante una serie de prácticas que obstaculizaron la consolidación de un régimen político estable.

Las propuestas de reforma y de modernización política se desarrollaron en torno al movimiento regeneracionista, cuyos integrantes atacaron con vehemencia las injusticias del régimen oligárquico de la Restauración, en el que la voluntad popular había sido anulada mediante el caciquismo y la enorme influencia que la nobleza, el clero y el ejército seguían teniendo en nuestro país. De esta forma se recuperaba la ancestral preocupación patriótica por los males que aquejaban a España, expresada en el siglo XVII por los arbitraristas y posteriormente por los ilustrados españoles en el contexto del reformismo borbónico. El intento de identificar de forma objetiva las causas de la decadencia española a finales del XIX estuvo claramente influenciado desde el punto de vista ideológico por el krausismo y por la Institución Libre de Enseñanza, cuyos principios básicos giraban en torno a la necesidad de impulsar el espíritu crítico frente al dogmatismo, la libertad ideológica, el humanismo y el fomento de la cultura sin restricciones sociales.

Aunque la eclosión del movimiento se produce tras el desastre del 98, los orígenes del regeneracionismo son anteriores, pudiendo rastrearlo en una serie de artículos publicados en revistas de amplia difusión como La España Moderna, de tendencia europeísta y preocupada por superar el carácter conservador de la sociedad española, en la que colaboraron figuras de la talla de Ramiro de Maeztu o Miguel de Unamuno. Este último autor también participó de forma activa en la revista Germinal, junto a escritores de la talla de Azorín, expresando su rebeldía frente a los valores establecidos. Otra de las revistas fundamentales para comprender la génesis del regeneracionismo, y su naturaleza como un movimiento transversal y abierto a distintas ideologías, fue Alma Española, cuyo camino se inició con un artículo de Benito Pérez Galdós sobre la necesidad de renovar la España de la Restauración, participando en ella autores tan relevantes como Eduardo Dato, Santiago Ramón y Cajal, Pablo Iglesias, el Conde de Romanones, Vicente Blasco Ibánez, Miguel de Unamuno y un joven Joaquín Costa que, desde entonces se convertirá en el máximo exponente del movimiento regeneracionista.

 Joaquín Costa Martínez nació en la localidad de Monzón el 14 de septiembre de 1846, en el seno de una familia de medianos propietarios agrícolas, aunque muy pronto abandonó sus labores en el campo para trasladarse a Graus e iniciar sus estudios en la cátedra de Latinidad. Este fue el primer paso de una carrera ejemplar como político, jurista, profesor, escritor, economista e historiador, y todo ello a pesar de sus humildes orígenes, en una España acaudillada por una élite privilegiada que se empeñaba en obstruir el progreso de aquellos que no formaban parte de las clases dirigentes.

Su camino estuvo entorpecido por demasiadas adversidades, pero todas ellas fueron superadas gracias a su esfuerzo y brillantez, llegando a ejercer en la década de los setenta como profesor auxiliar en la Universidad Central, cargo al que renunció como protesta por la política educativa de la Restauración. Desde ese momento su participación en la Institución Libre de Enseñanza, junto a Francisco Giner de los Ríos, se hizo más activa, llegando a dirigir su Boletín, al mismo tiempo que intensifica sus estudios en el ámbito geográfico, mostrándose partidario de fomentar el conocimiento del medio para impulsar la actividad comercial y la regeneración nacional. En cuanto a la Historia, su interés se orientó hacia el estudio de la mitología celtíbera y las raíces populares del derecho consuetudinario español, publicando diversos artículos en la prestigiosa Revista de España, lo que le valió ser nombrado miembro de la Real Academia de la Historia en el 1890. Su vertiginoso ascenso no parecía tener fin, porque poco después ingresó en el Cuerpo Superior de Abogados del Estado, aunque una de estas adversidades a las que hacíamos referencia estuvo a punto de separarle de la vida pública.

Siendo aún muy joven, empezó a manifestarse en su brazo derecho una distrofia muscular que le obligó a recluirse en su amado Graus, aunque Costa no se mostró dispuesto a perder el tiempo y por eso empleó sus escasas fuerzas en organizar la Liga de Contribuyentes de Ribagorza, un movimiento político pero con evidentes connotaciones sociales en la que empezaba a detectarse el interés de Costa por superar las injusticias y las malas condiciones de vida del campesinado español mediante el progreso y la potenciación de la producción agraria, abogando por el incremento del regadío y la construcción de obras hidráulicas.

Tras su provechosa experiencia en el Alto Aragón, en donde pudo comprobar de primera mano las necesidades de la España real, regresó a Madrid en 1893 para ocupar una plaza de notario. Fue en estos momentos cuando empezó a dar forma a su gran obra, Colectivismo agrario, publicada en el fatídico año de 1898, en la que rechaza fervientemente las consecuencias de la política desamortizadora por provocar la desaparición de los sistemas de propiedad comunales, necesarios según él, para mejorar la situación del campesinado español, seriamente perjudicado por la aplicación de las políticas liberales y el aumento de poder de los grupos privilegiados al ser los únicos que pudieron acceder a la posesión de la tierra. En la capital también recupera Costa su actividad política, integrándose en la Unión Nacional, un partido opuesto al caduco sistema canovista, pero cuyas contradicciones le llevaron a abandonar la directiva del mismo para perseguir su sueño de crear un partido de intelectuales desde el que aplicar sus políticas regeneracionistas, con las que pretendía denunciar la falta de patriotismo de los españoles, nuestro desprecio de lo propio y la ausencia del interés común. 

En el pensamiento de Costa se observa una mezcla de elementos universales con otros de clara inspiración localista. En sus escritos se mostró convencido de la necesidad de europeizar España, orientando nuestros recursos hacia la mejora de la educación, la investigación científica y la colonización interior. También fue sensible hacia las necesidades vitales de los más desfavorecidos, abogando por el abaratamiento de la carne y el pan y por la supresión de las leyes desamortizadoras para proporcionar tierras en posesión perpetua para el pequeño campesinado español. Como jurista defendió la modernización de nuestro poder judicial para garantizar una auténtica división de poderes y el desarrollo de una legislación laboral que proporcionase seguridad a la clase obrera. Frente a estas medidas claramente progresistas, Costa también abogó por la necesidad de preservar nuestras tradiciones e identidad como país, otorgando a su pensamiento ese carácter transversal que recibió el apoyo de intelectuales y políticos con diversas sensibilidades. Uno de ellos fue Azaña, que definió al pensador aragonés como un hombre conservador, pero comprometido con la mejora y el progreso de su país.

Sus creencias recibieron el apoyo de grandes figuras de nuestra cultura como Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán o Miguel de Unamuno, pero sus constantes críticas al sistema de la Restauración supusieron su marginación en el sistema y como consecuencia su fracaso en la política. Desencantado con la clase política y sus máximos representantes, Joaquín Costa decidió volver a su amado Graus, para pasar los últimos años de su vida colaborando en la publicación comarcal El Ribagorzano, pero sin perder la oportunidad de abandonar temporalmente su refugio para despotricar contra todos aquellos que pretendían relegarlo al olvido. Curiosamente, en estos últimos años vio la luz su obra Política hidráulica, en la que plantea la necesidad de estimular los planes de regadío tanto en Aragón como en el resto de España, y que con el paso del tiempo supondrá su gran batalla ganada después de su muerte, acontecida el 8 de febrero de 1911. La desaparición del literato, político e historiador aragonés vino acompañada por un grito de alabanza que como siempre en este país, llegó tarde para un personaje cuya tolerancia se vio reflejada en unos ideales que fueron recogidos posteriormente tanto por políticos conservadores como Antonio Maura y Antonio Silvela, como por otros liberales y progresistas, entre ellos José Canalejas y el mismo Azaña.


Su mensaje regeneracionista y conciliador fue continuado por escritores y pensadores como Ramiro de Maeztu, Pere Corominas, Juan Pio Membrado Ejerique y José Ortega Gasset, pero la fractura social en la Europa de los años treinta provocada por la consolidación del extremismo ideológico, junto al estallido de la Guerra Civil española pusieron el punto final a un movimiento regeneracionista cuya naturaleza se puede resumir en la famosa frase de Costa: Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid.

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