ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LA BÚSQUEDA DE CÍBOLA
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jueves, 19 de enero de 2017

LA BÚSQUEDA DE CÍBOLA



Persiguieron un sueño, pero terminaron encontrando un Nuevo Mundo. Esta es la historia de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Vázquez de Coronado, dos españoles con los que se inicia la exploración de un vasto territorio de lo que más tarde serán los EEUU de América. 


Diego Peña & Javier Martínez-Pinna. Vive la Historia, nº 26. Marzo de 2016

“Animoso, noble, arrogante, los cabellos rubios y los ojos azules y vivos, barba larga y crespa, mozo de treinta y seis años, agudo de ingenio, era Alvar un caballero y un capitán a todo lucir; las mozas del Duero enamorábanse de él y los hombres temían su acero.” Esta conocida descripción de Cabeza de Vaca nos llega, supuestamente, de un cronista del s. XVI llamado Maestre Juan de Ocampo. Sin embargo esta empalagosa exhortación romántica sobre una de las figuras más emblemáticas de la conquista y descubrimiento del continente americano, y que ha perdurado en el imaginario colectivo durante décadas, no es cierta. Se trata de un texto apócrifo salido de la imaginación del periodista y escritor venezolano Rafael Bolívar Coronado, que a principios del s. XX se inventó cinco crónicas de Indias, incluida la del Maestre Juan de Ocampo, La gran Florida (1919), y su increíble inventario caballeresco de Cabeza de Vaca. La expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en busca de fortuna y gloria, así como la gran aventura de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de fatigas por el sur de los Estados Unidos y norte de México, es de todo lo que podamos imaginar menos heroica y romántica.

Sin embargo, antes de juzgar a estos hombres debemos situarnos en el contexto histórico en el que acontece nuestro relato, así como en la mentalidad de unos hombres que, indudablemente, no estaban preparados sino para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la superstición y la incultura, que sin saber ni cómo ni porqué se hacían matar por valores tan opacos como la lealtad a un rey, a un señor feudal o a una religión, muchas veces por honor de estos valores inculcados a fuego desde la más tierna infancia, y las más de las veces en una búsqueda desesperada de reconocimiento, fama y dinero para engañar al hambre y a una más que presumible prematura muerte.

Pánfilo de Narváez venía de su persecución a Hernán Cortés por tierras aztecas y también de ver cómo se descubría y conquistaba un imperio repleto de riquezas que colmó de títulos, oro y fama mundial al hidalgo extremeño. Por su parte Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo venido a menos y huérfano desde los 8 años, sirvió en el ejército de Fernando el Católico en las campañas italianas a una edad muy temprana. La vida de Cabeza de Vaca, envuelta en el misterio y la especulación, se intuye repleta de dificultades en una España donde la carestía de los más pobres, hidalgos o no, forjaba individuos bregados, rudos, primarios y dispuestos a todo. Estos hombres fueron en gran parte los que buscaron mejorar su estatus social y económico en la tierra de oportunidades en que se había convertido el territorio de Indias que descubriera Colón. 

Cabeza de Vaca, oriundo de Jerez de la Frontera, iniciaría su primer viaje a las Indias formando parte como segundo al mando y como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez, al que Carlos I otorgó una licencia para reclamar lo que es ahora la costa del golfo de México de los Estados Unidos. Con 600 hombres entre soldados, clérigos, marineros y esclavos, partió el 17 de junio de 1527 del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. Nueve años después los únicos cuatro supervivientes de aquella aventura, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza, y su esclavo moro Estevanico, lograron finalmente reunirse con compatriotas españoles en la actual Ciudad de México. Veamos que pasó.

Tras una parada técnica de reavituallamiento en las Islas Canarias la expedición llegó a Santo Domingo en agosto de 1527 donde empezaron a tener las primeras deserciones de la tripulación por miedo a lo desconocido. En septiembre llegaron a Cuba, donde reclutaron hombres y compraron caballos. Allí Narváez dividió la flota enviando a Trinidad dos naves comandadas por Cabeza de Vaca y un tal Pantoja, ¿qué podía salir mal?

Absolutamente todo salió mal, a partir de ese momento la expedición de Narváez se convirtió en un auténtico infierno. Los dos barcos enviados a Trinidad naufragaron perdiendo víveres, caballos y más de 60 hombres. Una vez reunificados emprendieron la marcha llegando por fin a La Florida un 12 de abril de 1528, a la hoy conocida como Bahía de Tampa. Pronto decidieron explorar la zona interior dividiendo al grupo, lo que supuso un punto de fricción entre Narváez y Cabeza de Vaca, quedándose éste último en tierra para que nadie pensara que era un cobarde. Desde ese momento la búsqueda de ciudades ricas en oro, de civilizaciones perdidas e imperios que conquistar se convirtió en una de las peores pesadillas de los españoles en América. Los huracanes y tempestades, los ataques de los indios, las zonas pantanosas, el hambre y la sed, dejaron al grupo de Cabeza de Vaca con tan sólo 15 hombres, los cuales para poder sobrevivir terminaron comiéndose a sus caballos. 

Al llegar a la actual isla de Galveston, la tribu de los Carancaguas los acogió y en un primer momento los trató como a curanderos. Sin embargo acabaron siendo sus sirvientes. El jerezano acabó esclavizado por los indios durante más de seis años, hasta que consiguió escapar de su prisión y toparse con los indios Charrucos, con los que encontrará la forma de ganarse la vida ejerciendo de comerciante para el trueque entre las diferentes tribus de la zona, en un territorio próximo a la actual San Antonio y la costa tejana. Estando en estos quehaceres se topó, y ya es casualidad, con tres supervivientes más de la expedición de Narváez, a saber, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estavanico (sirviente de raza negra de Andrés Dorantes), no deja de ser irónico que el primer africano en pisar USA fuera un esclavo.

La experiencia de Cabeza de Vaca con los indios les hizo sobrevivir haciéndose pasar los cuatro por chamanes, de este modo comenzaron una nueva aventura hacia el suroeste de los actuales Estados Unidos y el Norte de México en busca de una ruta segura de regreso a la Nueva España. Durante el trayecto remontaron el río Bravo, deambularon por la hoy frontera entre México y Estados Unidos, se toparon con tribus dedicadas a la caza del bisonte, con las que convivieron, y llegaron a las orillas del río Sinaloa donde por fin se toparon con exploradores españoles que los rescataron y llevaron a la Nueva España.

Tras su largo viaje por las tierras del suroeste de los EEUU y norte de México, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, escribió una obra conocida con el nombre de Naufragios, en donde pudo relatar sus “andanzas” junto a sus queridos y abnegados compañeros. Pronto empezaron a propagarse los rumores sobre la existencia de una serie de ciudades repletas de oro, que muchos relacionaron con el antiguo mito portugués de Cíbola.

Estas habladurías hicieron despertar la ambición del virrey de Nueva España, que inmediatamente organizó una expedición al frente de la cual situó a fray Marcos de Niza, acompañado por el astuto Estevanico. En un principio la cosa no pareció salir del todo mal, entre los dos lograron llegar al país de los zuñis, en Nuevo México, para encontrar un pequeño grupo de aldeas que precipitadamente interpretaron como Cíbola. Pero lo peor para ellos aún estaba por llegar, porque la presencia española estaba a punto de ser contestada de forma hostil por algunos de los pueblos indígenas que habitaban la zona. Inmediatamente comenzaron a acosar a los castellanos con una serie de rápidos golpes de mano que diezmaron a los conquistadores. En uno de estos ataques, terminó cayendo el moro Estevanico, después de que una traicionera flecha le segase la vida. 

La muerte del que siempre se consideró el alma mater de la expedición, hizo hundir la moral de los españoles, que finalmente huyeron en desbandada para llegar con más pena que gloria a tierras de Nueva España, en donde los pocos supervivientes que habían logrado salvar el pellejo, trataron de justificar su comportamiento magnificando todo aquello que habían visto y recorrido. Tan convincentes resultaron sus explicaciones que los españoles terminaron organizando una nueva expedición, pero esta de mayores proporciones. 

El nuevo intento se produjo en 1540 y tuvo como protagonista a Vázquez de Coronado. Mucho más ambicioso que las anteriores, logró reunir para dicha empresa a 350 españoles y a 800 indígenas mexicanos, por lo que los conquistadores se tuvieron que emplear a fondo para reunir todo el dinero posible para financiar el viaje. El mismo Coronado se vio obligado a hipotecar las posesiones de su inocente mujer, no sin antes convencerle de toda la gloria que el destino le tenía reservado para él y para todos los suyos, al estar a punto de descubrir una ciudad inundada de oro e indescriptibles riquezas. 

Con gran pompa, esta enorme comitiva se puso en marcha hacia las tierras de ese remoto e inexplorado territorio que años atrás había recorrido Cabeza de Vaca, pero a los pocos días de marcha los víveres comenzaron a escasear. Afortunadamente, en esta ocasión los castellanos habían sido más previsores que sus antecesores y por eso se hicieron acompañar de un enorme rebaño compuesto por varios centenares de bueyes, ovejas y cerdos para cuando apretase el hambre. No sin dificultades lograron llegar al fin a Culiacán, Sinaloa, para desde allí iniciar un épico viaje por el que se vieron obligados a atravesar el árido desierto de Arizona, seguidos bien de cerca por una enorme piara de gorrinos famélicos. Pero todos estos padecimientos eran necesarios para llegar al lugar de ensueño del que habían oído hablar gracias al bueno de fray Marcos. Por eso decidieron seguir andando, insensibles al calor, a la enfermedad y a los esporádicos ataques de unos nativos que los miraban con desconfianza, y los recibían a flechazos. Y por fin, lejos en el horizonte, pudieron vislumbrar eso por lo que tanto habían sufrido, las aldeas de los indios zuñi, el lugar en donde les esperaban las ciudades de Cíbola.

Cuando se acercaron descubrieron para su pesar que allí no había nada: ninguna ciudad tan bella como dos Sevillas juntas, ni grandes catedrales tocadas con hermosas cúpulas doradas y puertas de turquesa, sólo unas pequeñas casuchas hechas con barro y cubiertas de paja pobladas por unos indios con cara de pocos amigos. No había duda, el malnacido fray Marcos de Niza y los suyos les habían tomado el pelo. 

Ya no quedaba mucho por hacer, pero Vázquez de Coronado no se dio por vencido. No estaba dispuesto a volver con las manos vacías a Nueva España, para convertirse en el hazme reír de todos aquellos que vieron con incredulidad el inicio de su viaje. Tampoco le tentaba el recibimiento de su querida y arruinada esposa, cuando le comunicase que había vuelto sin encontrar ni un solo gramo de oro. Por eso decidió dividir su contingente para seguir explorando en busca de su quimera. 

Aunque pueda parecer que su aventura se terminó saldando con un absoluto fracaso, hemos de reconocer la importancia que tuvo el insigne descubridor salmantino, y su innegable influencia en la exploración de buena parte del territorio más meridional de los actuales Estados Unidos de América. Junta a su entrañable compañero, Hernando de Alvarado, recorrieron unas tierras hasta ese momento desconocidas para los europeos, siendo recordados como unos magníficos exploradores y descubridores de una extensa zona que iba desde el Gran Cañón del Colorado hasta las praderas de Kansas y Oklahoma, lugares en donde la influencia de la cultura española ha perdurada hasta nuestros días.




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