ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL TESORO DE LA IGLESIA DE PISCO
English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

lunes, 9 de enero de 2017

EL TESORO DE LA IGLESIA DE PISCO



El relato basado en la existencia de un gran tesoro, cuyo origen lo tendríamos en la pequeña ciudad costera de Pisco, en Perú, no tiene una sólida apoyatura documental, por lo que en este caso su historia se confunde claramente con la leyenda. En él, todos los elementos propios de la más pura aventura de piratas, se dan la mano para conformar una narración que más se aproxima al guion de una novela o de una película, que a una historia real objeto de una investigación rigurosa, aunque como observará el lector, hay quien no opina lo mismo. 

Esta leyenda se sitúa en un contexto histórico muy concreto, durante la conocida como Guerra del Pacífico que enfrentó a Chile contra los ejércitos coaligados de Perú y Bolivia, entre los años 1879 y 1883. Los principales protagonistas son cuatro mercenarios que trabajan para el ejército peruano; uno era español (Diego Álvarez), otro inglés (Lucas Barret), también había un norteamericano (Brown) y finalmente un irlandés (Killorain). En este punto las tradiciones difieren, ya que en algunos relatos se ha llegado a afirmar que todos ellos eran australianos. Poco importa; lo realmente importante es que un día fueron conscientes de que en una iglesia situada en Pisco, se encontraba escondido un gran tesoro custodiado por varios sacerdotes jesuitas.

Aprovechando el caos producido por el decido avance de los chilenos hacia el norte, los cuatro amigos lograron embaucar al más crédulo de los religiosos, el padre Mateo. Ingenuamente, el jesuita se dejó convencer y accedió al ofrecimiento de los mercenarios para evacuar todas las riquezas hacia una ciudad más segura como Lima o el Puerto del Callao. Pero el tiempo apremiaba; la caída de la ciudad parecía inminente, y por eso pidieron a los sacerdotes que llevasen el tesoro hasta el puerto de Pisco, para embarcarlo en un navío y escapar lo más rápidamente posible del horror de la guerra. 

Cualquier tipo de remordimiento que pudiesen haber tenido ante la inminencia de su espantoso plan, se esfumó sin dejar ningún rastro cuando observaron boquiabiertos lo que el destino estaba a punto de poner entre sus manos. Ante sus ojos vieron desfilar un espectacular tesoro compuesto por 14 toneladas de oro, y varios cofres repletos de joyas y ricas piedras preciosas. 

Una vez en alta mar, los mercenarios no se lo pensaron dos veces. Con una nauseabunda frialdad pasaron a cuchillo a todos los religiosos y a los tripulantes del barco, para apropiarse del enorme botín y dirigirse lejos de la escena del crimen, hasta las lejanas islas situadas en el otro extremo del océano Pacífico. Tras un largo trayecto, no exento de dificultades, llegaron al Archipiélago Tuamotu, en la Polinesia Francesa, formado por unas 80 islas y un grupo de diminutos atolones coralinos. 

Dando gracias a la providencia por haber culminado con éxito sus fechorías, los cuatro amigos desembarcaron una gran parte del tesoro y lo enterraron junto a la laguna del atolón en donde en ese momento se encontraban. Para no olvidar el lugar exacto en donde dejaron su valiosa carga, dibujaron un pequeño croquis, algo así como un mapa del tesoro, en el que no aparecía ningún nombre. Y no por previsión ante el peligro de que cayese en manos de algún desconocido, sino porque no tenían ni la más remota idea del nombre del atolón en donde habían desembarcado. 

Este fue el motivo por el que volvieron a embarcar. Para navegar hasta la vecina isla de Katiu y preguntar al primer indígena que encontrasen, el nombre del lugar de donde venían. Esta vez la fortuna volvió a sonreírles, ya que al poco tiempo pasó un afable y hospitalario nativo que tras un cordial recibimiento les proporcionó el nombre del mismo: Pinaki. Esta palabra fue la última que dijo en su vida, porque inmediatamente los occidentales le dispararon a bocajarro para no dejar ningún tipo de testigo que pudiese poner en peligro su nueva fortuna. 

Con su secreto a salvo, Álvarez y sus hombres pusieron rumbo a Australia, con la intención de encontrar un lugar apropiado en donde celebrar por todo lo alto, ese increíble golpe de suerte que la vida les había brindado. Y así lo hicieron, porque los cuatro mercenarios dedicaron los meses siguientes a derrochar todo su oro, hasta dilapidar toda su fortuna. 

Lógicamente, ante estas adversas circunstancias, el buen entendimiento entre los cuatro amigos empezó a resquebrajarse, pero a pesar de todo lograron ponerse de acuerdo una vez más, y por eso decidieron dirigirse hacia el norte para empezar a trabajar en una mina de oro hasta que tuviesen el dinero necesario para adquirir una pequeña embarcación y regresar a por el resto de su oro. Pero las cosas no salieron como estaban previstas; definitivamente la fortuna les había abandonado y dos de ellos, Álvarez y Barret, fueron asesinados en una reyerta con unos nativos del lugar. Los otros, Brown y Killorain fueron condenados a 20 años de cárcel por la muerte de un hombre. El primero de ellos no logró sobrevivir a su condena ya que murió en la cárcel, mientras que Killorain salió de ella viejo y enfermo, para terminar su vida como un pobre vagabundo sin ninguna posibilidad de recuperar su añorado oro. 

En estos momentos entra en escena un nuevo personaje llamado Charles Howe que a partir de ahora se ve involucrado en la búsqueda del tesoro maldito. Transcurría el año de 1912 en la ciudad de Sídney. Una noche de lluvia y de viento huracanado, un pobre y desamparado anciano llamó a la puerta de una pequeña casa para pedir cobijo. Necesitaba refugiarse de una implacable tormenta que azotaba ferozmente a todos aquellos que no tenían un lugar en donde guarnecerse. Afortunadamente, el propietario del inmueble, un colono llamado Howe, le acogió bondadosamente, ofreciéndole una generosa cena y un sitio para dormir. Killorain nunca olvidó aquel gesto y por eso cuatro meses más tarde, el colono recibió un extraño mensaje desde el hospital de Sídney, en el que se le suplicaba su presencia. 

Una vez allí, Howe se encontró con el viejo vagabundo al que había acogido esa terrible noche, unos meses atrás. Le reconoció de inmediato, era Killorain, y cuando quedaron solos le contó una historia increíble que no pudo olvidar jamás. Ese pobre diablo decía ser el único superviviente de un grupo de ladrones, que años atrás habían robado uno de los tesoros más valiosos del mundo y por lo tanto sólo él conocía su paradero. Sin nadie más al que confiar su secreto, el irlandés le narró toda la historia a Howe, y poco tiempo después murió en la más absoluta indigencia. El colono decidió jugárselo todo a una carta, estaba dispuesto a conocer la verdad de este apasionante misterio, y por eso vendió todas sus propiedades para zarpar rumbo a Tahití, para desde allí llegar al atolón de Pinaki en febrero de 1913. 

En este apartado lugar excavó durante 13 años hasta darse cuenta de su error y trasladarse hasta un atolón cercano conocido como Raraka, en donde supuestamente encontró el enorme botín tal y como le había dicho el antiguo mercenario mucho tiempo atrás. Pero en su situación no podía ni siquiera plantearse la posibilidad de trasladar todo ese tesoro hasta un lugar seguro, para poder disfrutarlo durante el resto de su vida. Decidió, en cambio, extraer una pequeña parte para poder organizar una nueva expedición y regresar más adelante, y así convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo. En 1932 regreso a Australia, pero cuando ya lo tenía todo preparado desapareció de la faz de la Tierra, sin que nadie volviese a saber nada más de él.

Dos años después un nuevo explorador recogió el testigo. George Hamilton, un perfecto desconocido, consiguió, no se sabe muy bien cómo, apropiarse de los planos y apuntes de Howe. Con toda la información en su poder, regresó al atolón para continuar con la búsqueda mediante la realización de una serie de perforaciones en la laguna. Pero el titánico esfuerzo del investigador nunca tuvo recompensa, ya que las corrientes de agua volvían a cubrir con arena las fosas que acababa de excavar. Al final no tuvo más remedio que darse por vencido, y por eso abandonó las exploraciones con la intención de volver a intentarlo cuando las circunstancias se lo permitiesen. 

Pero no fue él, sino un descendiente suyo, el que volvió a intentarlo en el año 1994. La expedición de este nuevo Hamilton es la primera de la que tenemos noticias y referencias seguras, pero de nuevo la suerte le fue esquiva quedándose sin conocer la verdad sobre esta lejana historia cuya realidad se confunde con la leyenda. 

Información extraída de mi libro: Grandes tesoros ocultos. Editorial Nowtilus, Madrid, 2015.





No hay comentarios:

Publicar un comentario