ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: M.B. PARKER. EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA
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martes, 6 de diciembre de 2016

M.B. PARKER. EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA



Una de las más llamativas, de todas las expediciones que se hicieron en Jerusalén en busca del Arca Perdida, fue la que en el año 1911 dirigió M. B. Parker, hijo del conde de Morlay. Este nuevo proyecto fue organizado por un excéntrico esoterista finlandés, el alma máter de la empresa, llamado Valter H. Juvelius, que desde el principio aseguró tener información digna de toda confianza sobre el escondite definitivo del anhelado objeto de culto. Al parecer, había descubierto una especie de código bíblico secreto en una biblioteca de Estambul, por aquel entonces capital del Imperio otomano. Según Juvelius, el estudio de algunos de los textos del Antiguo Testamento le había revelado la existencia de un pasadizo secreto, cuyo acceso podría encontrarse en el lado sur de la mezquita de Al-Aqsa. Parker y Juvelius llegaron a Jerusalén en agosto de 1911, dispuestos a seguir con las investigaciones en donde Warren (un oficial británico) las había dejado años atrás.


Un nuevo capítulo de esta truculenta historia de la búsqueda del Arca de la Alianza estaba a punto de escribirse. Y a buen seguro que no iba a dejar a nadie indiferente. Pero no llegaron solos, porque para esta ardua tarea iban a necesitar toda la ayuda posible, y por eso contrataron al tercer miembro destacado de la expedición, un vidente irlandés dispuesto a mostrarles el camino recurriendo a sus «probados» poderes sobrenaturales, potenciados merced a su reconocida afición por la cerveza. Los trabajos se iniciaron con intensidad, pero poco a poco fueron pasaron los días y ese brío inicial se fue templando cada vez más. Además, pronto las protestas empezaron a arreciar; y no sólo eso, las lluvias otoñales convirtieron la colina en un barrizal y para colmo de males, el famoso y adinerado barón de Rothschild, sionista y miembro de la ilustre familia de banqueros, compró un terreno cercano a la excavación desde donde poder boicotear todos sus movimientos y hacer la puñeta a la curiosa comitiva, formada por tan célebres investigadores.

Con tantos frentes abiertos, Parker y su insólito equipo decidieron recurrir a unos métodos más desesperados. El éxito de la misión era lo suficientemente importante como para rendirse sin presentar batalla. Días más tarde, cuando los ánimos parecían relativamente templados, lograron, sin mucha dificultad, sobornar al gobernador de la ciudad, Amzey ben Pachá, con la friolera de veinticinco mil dólares, y al jeque Jalil, guardián de la cúpula de la Roca, con otra interesante cantidad de dinero para así poder internarse en la colina y excavar directamente en busca de su tesoro. Camuflados por la espesura de la noche y disfrazados de árabes, Parker y los suyos se tiraron toda una semana excavando en el interior de este espacio sagrado, mientras intentaban por todos los medios que su presencia no se dejase notar para no provocar las iras de los miles de creyentes que cada día pasaban por la explanada de las Mezquitas. No hace mucho tiempo, tuve oportunidad de estudiar los planos y mapas elaborados por Parker y Juvelius, basados, como dijimos anteriormente, en las investigaciones de Warren, y en ellos pude observar que la intención de ambos fue, desde el principio, abrirse paso y profundizar por el Pozo de las Ánimas, situado bajo la roca sagrada o Shetiyyah de la cúpula de la Roca, que es exactamente el lugar en donde, en su día, estuvo ubicado el sanctasanctórum del Templo de Salomón.


Entusiasmados, siguieron con su extenuante trabajo. Ya nada parecía que iba a poder detenerlos; pero no fue así, la noche del 18 de abril de 1911 se produjo la más adversa fatalidad, ya que tuvieron la mala suerte de encontrarse con una de las escasas personas honradas que, sin comprender muy bien por qué, no reaccionaba ante los estímulos económicos a los que fue sometida por parte de los europeos. Al oír el ruido provocado por los cazatesoros, el incorruptible guardián del edificio se asomó a su interior y observó, horrorizado, cómo este grupo de sucios infieles extranjeros profanaba la mezquita y destrozaba su amada Cúpula de la Roca. Inmediatamente lanzó un desgarrador chillido de rabia, para poner en guardia a todos los fieles que a esas horas de la tarde rondaban por los alrededores de la colina, maravillados ante el inenarrable espectáculo que suponía para sus ojos la contemplación de la puesta del sol en la ciudad santa de Jerusalén. Había llegado el momento de demostrar sus cualidades atléticas, que al final no resultaron del todo malas, porque los europeos abandonaron Jerusalén a toda prisa, como alma que lleva el diablo, buscando cobijo en el cercano puerto de Jaffa, en donde un barco los esperaba para acogerlos y llevarlos de vuelta, con viento en popa y a toda vela, a la lejana Inglaterra.




Pero los cosas no podían quedar así, los palestinos, heridos en su orgullo por ver cómo los desalmados aventureros se les escapaban vivitos y coleando a bordo de su veloz embarcación, decidieron cobrarse «justa» venganza en la persona del jeque Jalil, que se convirtió en el blanco de todas las iras, cuando sufrió un despiadado y desproporcionado castigo, antes de perder, literalmente, la cabeza. A su regreso a Londres, un titular de un periódico inglés llamado The London Illustrated News sorprendía a sus compatriotas al preguntarse: «¿Han descubierto los ingleses el Arca de la Alianza?». Mucho se nos antoja que no.

Información extraída de: Operación Trompetas de Jericó. Nowtilus, Madrid, 2015.

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