ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LA CUEVA ENCANTADA DEL TESORO EN EL RINCÓN DE LA VICTORIA
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domingo, 11 de diciembre de 2016

LA CUEVA ENCANTADA DEL TESORO EN EL RINCÓN DE LA VICTORIA

Cueva del tesoro del Rincón de la Victoria
Un rumor heredado de los moros de que en esta cueva se ocultaba un tesoro de Cinco Reyes Mahometanos que lo escondieron en dicha sima hizo que en el siglo pasado, y a comienzos de éste, se atreviese la codicia de algunos malagueños a penetrar en sus cavidades, dejándonos uno de ellos la relación que describe los vericuetos, simas y pasadizos tapiados por muros de mampostería que encontraron… pero la complejidad de la cueva les impidió explorarla lo principal del sitio donde, sin duda, estaban los tesoros de los Cinco Reyes Mahometanos, que dejaron allí para cuando volviesen a poseer esta tierra con paz y sosiego. 

De esta forna tan categórica describió el presbítero Cecilio García de la Leña en su obra de 1789, Conversaciones históricas malagueñas, el lugar en donde podía esconderse un auténtico tesoro árabe, llegado hasta este lugar a mediados del siglo XII después de Cristo.

El inicio de esta larga historia parece situarse en el lejano año de 1145, cuando el emir almorávide norteafricano Tasufin ben Alí, no tuvo más remedio que esconderse junto con su tesoro en la ciudad de Orán, como consecuencia del imparable empuje militar de los extremistas almohades en la zona de Marruecos. El problema es que nada parecía parar a estos nuevos conquistadores, por lo que el emir decidió huir hacia Al Ándalus, con tan mala suerte que cuando estaba a punto de embarcar en el barco que le debía trasladar a zonas más seguras, se entabló una feroz lucha en la que cayó mortalmente herido. Al parecer, justo antes de morir, el emir le encomendó a su lugarteniente Ibn Maymún una nueva misión, la mas importante de todas: debía desplazar sus tesoros hasta tierras cristianas para más tarde vengarse de sus enemigos.

Poco tiempo después, diez galeras partieron rumbo al norte hasta llegar al puerto de Biziliana, el Rincón de la Victoria, que por aquel entonces era uno de los pocos enclaves leales a los almorávides, para ocultar el enorme tesoro en la cueva del Higuerón, o como se la conoce hoy en día, la cueva del tesoro.

Esta cavidad es una de las pocas que existen en el mundo de origen marino. Tiene una extensión de 2,5 kilómetros, con bellas galerías subterráneas en donde los arqueólogos han podido constatar un antiguo poblamiento desde época paleolítica. En su interior no faltan restos de época neolítica y fenicia, y además ha sido escenario de prácticas espirituales y mágicas, otorgándole un aroma y un carácter misterioso inmejorable para la búsqueda de un tesoro oculto.

Ya dijimos al principio de este artículo, que esta antigua leyenda estaba constatada al finales del siglo XVII, cuando el presbítero Cecilio García de la Leña escribió su obra. Posteriormente, en 1847, un tal Antonio de Nari, natural de Suiza, llevó a cabo un descubrimiento sorprendente. Un día paseando por los alrededores, encontró una gatera cerca del techo de la cueva por lo que decidió internarse para descubrir la existencia de nuevas salas hasta ese momento inadvertidas. Posteriormente, el suizo descubrió una serie de chimeneas que comunicaban la gruta con el exterior, y lo más curioso de todo es que parecían haber sido taponadas con unas grandiosas piedras. Entusiasmado con estos nuevos progresos, el suizo, que sin duda conocía la obra sobre las Conversaciones históricas malagueñas, creyó haber dado un paso de gigante para el hallazgo de este fantástico e inimaginable tesoro. Lamentablemente, no todo iba a ser tan fácil como en un principio esperó. Sabemos que allí pasó treinta años minando el subsuelo de la gruta hasta convertirla en un auténtico laberinto, hasta que finalmente perdió la vida después de que una explosión le segase una vida empeñada en un sueño que resultó irrealizable.

Algo más tarde, en 1874, un joven malagueño llamado Francisco Bergamín García organizó una sociedad para el estudio de la cueva, y de todo lo que de ella se decía, mientras que a finales del siglo XIX dos estudiantes de farmacia, adquirían en propiedad la cueva para dedicarse al lucrativo comercio de la explotación del estiércol de murciélago. En 1951, uno de ellos, siendo ya anciano, decidió legar la cueva a su sobrino, Manuel Laza Palacio, junto con un ejemplar de las Conversaciones históricas malagueñas, con el que se inició una nueva investigación sobre los secretos que escondía la dichosa cueva.

Ese mismo verano, Laza exploró las tres puertas y las galerías que iban a parar a un pozo o sima, hasta llegar a la conclusión de que allí faltaba por encontrar algo, tal vez una nueva puerta al final de la escalera de la sima. Al mismo tiempo, investigando en los archivos locales logró descubrir un antiguo relato de un fraile del siglo XVII nacido en Orán que parecía confirmar la antigua historia relacionada con el emir Tasufin ben Ali. Espoleado por sus nuevos descubrimientos, Laza se dedicó en cuerpo y alma al estudio de la cueva, hasta el punto que llegó a contactar con todo tipo de personajes de dudosa reputación, desde videntes hasta extraños zahoríes, que una y otra vez le animaron a seguir con su empeño. Curiosamente, en 1955 Manuel Laza se llevó una grata sorpresa, al descubrir un candil almorávide en cuyo interior reposaban seis monedas de oro y otras tantas de plata (el número seis tenía un significado mágico para esta secta religiosa) acuñadas por el emir Alí be Yusuf. Según se dijo, el candil había aparecido incrustado en una de las grietas cercanas al pozo, por lo que desde el principio se interpretó como una especie de ritual de ocultación del auténtico tesoro que aún estaba por descubrir.

En 1988 Manuel Laza Palacio murió sin encontrar su tesoro. Hoy en día son muchos los que aseguran haber visto un fantasma, merodeando por el lugar, que todos interpretan como el fantasma del suizo que fiel a su sueño, sigue buscando el tesoro de los Cinco Reyes Almorávides.



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