ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: LA CIUDAD DE LOS CÉSARES
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domingo, 11 de diciembre de 2016

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES




La búsqueda de la Ciudad encantada de la Patagonia, o Ciudad de los Césares, como comúnmente se le conoce, es un claro ejemplo de lo que significó para los españoles el descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo.

Cuando llegaron a América, los europeos creyeron ver en este enorme espacio geográfico sin explorar, el lugar en donde se habrían desarrollado unos episodios míticos que ellos habían interiorizado después de la larga Edad Media, y por eso no dudaron en buscar los restos del Paraíso Terrenal, las Fuentes de le Eterna Juventud, algún indicio que les permitiese conocer la ubicación de las Tribus Perdidas de Israel o, como aquí nos ocupa, el lugar exacto en donde, a buen seguro, debían de sobrevivir una serie de ciudades míticas como Cíbola. A todo ello se le unió la insaciable sed de oro, en una sociedad marcada por la pervivencia del feudalismo y por las escasas posibilidades de promoción social, que empujó a muchos europeos a iniciar un peligroso viaje, de final incierto, para tratar de hallar en este nuevo continente lo que aquí, en Europa, nunca podrían haber encontrado.



A pesar de no ser tan conocida como El Dorado, la Ciudad de los Césares fue tenazmente perseguida por los conquistadores españoles desde principios del siglo XVI, al considerar que se encontraba inundada de espectaculares riquezas, principalmente oro y plata. Una y otra vez, los aventureros españoles se afanaron en tratar de desentrañar los misterios de este enclave mítico, cuya ubicación no era bien conocida, aunque generalmente se solía situar en alguno de los valles perdidos de la Patagonia chilena o argentina. Tampoco se conocía el origen de la ciudad, porque algunos pensaban que habría sido fundada por náufragos españoles, mientras que otros la consideraban una especie de colonia inca fundada por los mitimaes, pero aunque la existencia de esta leyenda se basa en la fusión de diversas historias, independientes las unas de las otras, el origen podríamos situarlo en la expedición realizada en 1528 por el capitán Francisco César, como el miembro más destacado de una avanzada dirigida por Sebastián Caboto en su búsqueda de la Sierra de la Plata.

Según las noticias transmitidas por Ruy Díaz de Guzmán, Francisco César habría partido junto a un pequeño contingente desde Sancti Spiritu en dirección al oeste, y tras una larga travesía  llegaron hasta la lejana cordillera andina, para admirar asombrados la existencia de una rica provincia poblada por unos grupos indígenas amistosos, que recibieron con los brazos abiertos a los recién llegados extranjeros. Según esta versión, los españoles fueron despedidos con generosos regalos, pero al volver a Sancti Spiritu descubrieron para su pesar que el fuerte había sido destruido y que no existía ni rastro de Caboto, por lo que decidieron volver sobre sus pasos para tomar contacto con Francisco Pizarro, que por aquel entonces ya habría completado la gesta de la conquista del Perú. Este épico viaje, protagonizados por unos hombres que empezaron a conocerse con el nombre de Los Césares duró siete años,  muchos de los cuales los emplearon explorando las desconocidas tierras de la Pampa y la Patagonia. 




A pesar de que los acontecimientos narrados por Guzmán fueron mayoritariamente desmontados por estudiosos como José Toribio Medina, al demostrar que el viaje de César habría durado sólo dos meses y que éste habría embarcado  hacia España, junto a Caboto, después del ataque a Sancti Siritu en septiembre de 1529, hubo muchos aventureros que trataron de descubrir la ubicación exacta de esta fantástica Ciudad de los Césares que ocupó un lugar destacado en la lista de ciudades míticas que los europeos buscaron en territorio americano desde principios del siglo XVI.

 El primer viaje fue el de Diego de Rojas, en 1543, el cual quiso penetrar en territorio chileno para encontrar los rastros de esta gran ciudad descrita por César, pero para su desgracia lo único que halló fue una muerte prematura tras un virulento enfrentamiento contra los indios juríes. Algo mas tarde, en 1551, Francisco de Villagra envió un destacamento desde el valle de Cuyo hacia el sur del Perú  para buscar la ciudad, pero nuevamente la suerte fue esquiva, como también lo fue para Jerónimo de Alderete, cuando exploró el lado oriental de los Andes para escuchar unos lejanos rumores sobre la existencia de unos supervivientes españoles que al final, habrían logrado convivir en paz con los indios en un asentamiento incaico, y de cuya unión habría surgido otra nueva forma de entender la existencia de esta ciudad perdida.



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