ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL TESORO MALDITO DE LA ALHAMBRA
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jueves, 29 de diciembre de 2016

EL TESORO MALDITO DE LA ALHAMBRA


Después de muchos siglos de lucha, el año 1490 si iniciaba con el asedio de la última ciudad que los musulmanes seguían conservando en España. Inmediatamente, los Reyes Católicos iniciaron las negociaciones secretas, dirigidas desde el campamento cristiano de Santa Fe, con el rey nazarí Boabdil, el cual exigió el respeto hacia la religión islámica para aquellos que decidiesen quedarse en Granada, pero también una exención fiscal por tres años, e incluso un perdón general para todos los delitos y excesos cometidos durante los últimos momentos de la guerra. 

Los Reyes Católicos tenían la victoria al alcance de sus manos, pero decidieron ser generosos, por lo que enviaron a sus emisarios: Gonzalo Fernández de Córdoba y el secretario real Fernando de Zafra para entrevistarse con Abul Kasim, emisario de Boabdil, los cuales llegaron a un acuerdo por el que el 25 de noviembre se firmaban las Capitulaciones de Granada, como paso previo a la rendición, la cual se hizo efectiva cuando el rey de Granada entregó las llaves de la ciudad el día 2 de enero de 1492. 

Cuenta la leyenda que antes de salir hacia el exilio, Boabdil ordenó esconder la mayor parte de los tesoros del reino en una de las torres de la Alhambra. En esto no se distinguió de otros muchos caudillos que, en el último momento, decidieron poner a buen recaudo unas riquezas que con tanto esfuerzo habían logrado amasar (con el sudor de la frente de sus exprimidos súbditos). Hemos de suponer que, aunque no todas, una buena parte de estas historias responden únicamente a motivos legendarios, pero en su conjunto provocaron la aparición de una especie de fiebre del oro que se materializó en la búsqueda de grandes tesoros ocultos, esparcidos por una buena parte de nuestra geografía patria, especialmente por tierras andaluzas. Desde el mismo momento en el que los cristianos cerraron su tan ansiada reconquista, empezó a verse a una innumerable cantidad de extraños cazatesoros, en su mayor parte personajes crédulos y proclives a creer toda clase de narraciones relacionadas con el oro del moro, excavando por castillos, palacios, mansiones y lugares abandonados por los musulmanes antes de dirigir sus pasos hacia el sur. Uno de ellos fue el gran navegante Sebastián Caboto, al que le dio por excavar en diferentes patios de la ciudad de Sevilla para darse de bruces contra la realidad y convertirse en el hazmerreír de unos vecinos que, a buen seguro, pensaron que se le había ido la cabeza. 

Pues bien, como dije, el bueno de Boabdil (eso es al menos lo que nos ha transmitido la leyenda) escondió su tesoro en una de las torres de la Alhambra, pero para garantizar su seguridad ordenó que uno de los soldados del ejército nazarí fuese encerrado en su interior para cuidar, por el resto de la eternidad, de todos los objetos de enorme valor allí escondidos. De poco sirvieron los gritos de terror del desangelado guardián, porque tras cerrar las puertas, un mago realizó un encantamiento destinado a proteger el contenido de una torre que desde ese momento quedó oculta ante los ojos de los cristianos, y lo peor de todo, hasta el día del fin del mundo. 



A pesar de todo, el soldado cobijó un cierto sentimiento de esperanza porque el rey Boabdil, estableció algunas condiciones para posibilitar, aunque fuese remotamente, su ansiada libertad. Según nos cuentan las viejas tradiciones del lugar, cada tres años el guardián podría salir, aunque fuese brevemente, para pasear por los bellos rincones de la Alhambra, y lo que es mejor: si lograba encontrar a alguien que pudiese pagar su rescate, valorado en tres monedas prestadas (el rescatador debía de pedirlas prestadas), pensadas (hacer pensar que eran para él) y dobladas (cada una debía de valer el doble que la anterior) el hechizo quedaría roto para siempre, y para compensar los sufrimientos padecidos por su encierro secular, podría acceder a una parte del tesoro como premio. 

Hasta el día de hoy, nunca nadie ha logrado liberar al desdichado guardián del tesoro de la Alhambra, el cual sigue prisionero entre unas paredes que se han convertido en testigo de la locura de un hombre que cayó bajo el encantamiento de una maldición que le sigue consumiendo, poco a poco, hasta hacerle perder la cordura. Eso sí, se cree que cada cien años, en la víspera de la noche de San Juan, una figura espectral se vuelve a aparecer para pedir por una libertad que nunca podrá conseguir. 



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