ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL CARAMBOLO. UN TESORO SAGRADO DE LOS FENICIOS EN ESPAÑA.
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viernes, 9 de diciembre de 2016

EL CARAMBOLO. UN TESORO SAGRADO DE LOS FENICIOS EN ESPAÑA.


Nos encontramos en Sevilla, a tan sólo tres kilómetros de la capital hispalense, en una serie de pequeños cerros que tradicionalmente se les conoce con el nombre de carambolos, los cuales se elevan unos cien metros sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir. En uno de estos cerros, cercano a la pequeña y bella localidad de Camas, encontramos la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, localizada en este lugar después de comprar un terreno en 1940, para iniciar una serie de obras con la intención de ubicarse defnitivamente en este plácido enclave. Algunos de los miembros de la agrupación ya conocen una antigua leyenda, sobre la existencia de un tesoro escondido, pero nadie presta atención a unos relatos que, según ellos, poco o nada tienen que ver con la realidad.

Tras varios meses de trabajo a contrarreloj, teniendo en cuenta la proximidad del evento internacional que en estas nuevas instalaciones se va a celebrar en fechas recientes, el arquitecto que dirige las obras se ha dado cuenta que una ventana del edificio va a quedar a la misma altura que una de las terrazas de la construcción, por lo que antes de colocar el pavimento ordena excavar 15 centímetros más para solucionar este problema.

Es el 30 de Septiembre del 1958, y Alonso Hinojo del Pino, un albañil natural de Medina Sidonioa, se dispone a cumplir las órdenes transmitidas por el arquitecto, pero cuando su pico impacta sobre el terreno un sonido extraño le hace detenerse, para comprobar que algo fuera de lo normal se encuentra enterrado justo en este mismo lugar. Sin saberlo, este humilde obrero ha sido protagonista de uno de los descubrimientos más impactantes en la historia de la arqueología española.

Alonso Hinojo del Pino

El descubrimiento de Alonso Hinojo del Pino llamó la atención de un grupo de obreros que en ese momento se encontraban trabajando alrededor de él. Tras retirar la tierra que cubría esa extraña pieza que ahora tenía entre sus manos, el albañil pudo observar una especie de brazalete de color dorado y que, sin saberlo, resultó ser de oro de 24 quilates. Tras un primer examen comprobó que a esta pieza le faltaba uno de los adornos, por lo que siguieron excavando en busca del resto del brazalete, pero lo que no pudieron, ni siquiera imaginar, fue lo que sucedió a continuación. Unos minutos después, el grupo de obreros se topó con un recipiente cerámico en cuyo interior se escondían otras muchas piezas, pero para desgracia de futuros investigadores la falta de pericia de los obreros hizo que el recipiente se rompiese en mil pedazos, haciendo imposible una reconstrucción posterior. La falta de destreza no fue menor que su capacidad para identificar la importancia de lo que accidentalmente habían descubierto mientras hacían su trabajo, porque todos ellos creyeron que esto no podía ser más que una simple imitación de joyas antiguas, hechas con latón o cobre, y por eso procedieron a repartirlas entre los presentes, con un desdén tal  que uno de los obreros, para demostrar la falta de valor de estos objetos, empezó a doblar repetidamente una de las piezas que tenía forma de piel de toro, hasta romperla por la mitad, dañando irreversiblemente uno de los objetos más llamativos del tesoro descubierto, allí en El Carambolo.




El revuelo provocado entre los trabajadores, poco a poco empezó a llamar la atención de algunos de los miembros de la directiva de la Real Sociedad del Tiro de Pichón, por lo que afortunadamente, y con buen criterio, pidieron la intervención de las autoridades para que examinasen con detenimiento el tesoro. Al frente de las investigaciones se puso uno de los máximos expertos del mundo tartésico, el arqueólogo Juan Mata de Carrizo y Arroquia, que tras un riguroso estudio presentó un informe alertando sobre el enorme valor del conjunto hallado, pero también sobre la negligencia por parte de unos trabajadores que, atemorizados por las responsabilidades en su trato vejatorio hacia este tesoro arqueológico, empezaron a devolver las piezas inmediatamente y sin rechistar.

Según palabras del profesor Carrizo, el tesoro estaba formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 gramos, y en el destacaban una serie de joyas bellamente decoradas y realizadas con un estilo delicado. El estado de conservación del tesoro era bueno, con la excepción de las muestras de violencia pertrechadas durante el descubrimiento. En cuanto a la cronología del hallazgo, el profesor Carrizo decidió no arriesgar demasiado porque estableció un amplio margen temporal entre el siglo VIII y III a.C. para después decir que estas riquezas eran dignas del rey Argantonio. En la actualidad, lo investigadores datan la fabricación del conjunto en el siglo VII a.C. aunque el collar podría tener una cronología posterior, entre los siglo VI y V a.C. 

Juan Mata de Carrizo

En cuanto a su naturaleza, aún pervive la polémica entre los que defienden el origen tartésico del conjunto, una idea secundada por los tartesiólogos y ciertos sectores del nacionalismo andaluz, que creyeron ver en el propio tesoro, una lejana huella de la existencia de una civilización antigua ampliamente desarrollada, y los que opinan que se trata de un ajuar propio de animales sacrificados en templos fenicios y en honor a los dioses Baal y Astarté (hipótesis esta última corroborada por recientes estudios arqueológicos). 

El tesoro del Carambolo sería, por lo tanto, un magnífico trabajo de orfebrería fenicia, para el que se emplearon diversas técnicas como el fundido a la cera perdida, troquelado, laminado y soldeado. La presencia de concavidades en alguna de las piezas nos sugiere la utilización de piedras preciosas o de origen vítreo ahora desaparecidas. Lamentablemente, el tesoro original no se puede visitar, ya que permanece cerrado en la caja fuerte de un banco, aunque existen dos reproducciones situadas en el Museo Arqueológico de Sevilla y en el Ayuntamiento de la capital hispalense. 

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