ca-pub-2649426768334603 GRANDES TESOROS OCULTOS: EL TESORO PERDIDO DEL CAPITÁN KIDD.
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sábado, 19 de noviembre de 2016

EL TESORO PERDIDO DEL CAPITÁN KIDD.


Artículo publicado en la revista Clío Historia, nº 178. Agosto de 2016.

Durante generaciones, siempre hemos soñado con la posibilidad de encontrar un tesoro oculto, especialmente durante la infancia, tal vez porque en este periodo de nuestras vidas es cuando más cerca nos encontramos de nuestra propia naturaleza, y cuando más interés tenemos en descubrir los secretos de un mundo desconocido para nosotros. Entre todos ellos, los relacionados con los piratas fueron, sin duda, los que más fascinación han despertado.

En este sentido, la auténtica leyenda sobre la existencia de un espectacular tesoro pirata, que más tarde inspiraría a Stevenson en su Isla del Tesoro o a Richard Donner al dirigir Los Goonies, película con la que muchos viajamos a un apasionante mundo de aventuras, se forjó durante la vida de un famoso corsario británico: el capitán Kidd.


De él es poco lo que sabemos, especialmente sobre su infancia. Al parecer nació en el año 1645 en Greenock, Escocia, y desde bien pronto orientó su vida hacia el mar, razón por la que tomó una decisión fundamental, la de ingresar en la Royal Navy, destacando por encime de todos hasta ser premiado con la responsabilidad de capitanear un pequeño bergantín de veinte cañones, con el que protagonizó una de las primeras acciones de las que tenemos noticias, al batirse valerosamente contra cinco barcos franceses. 

En 1691 llegó a Nueva York para sentar cabeza y en verdad lo hizo, porque allí se casó con una viuda rica y también cultivó la amistad de importantes políticos y grandes comerciantes de la ciudad; pero en 1695, hastiado de una vida que tuvo que considerar insulsa, marchó de nuevo hacia Inglaterra con la intención de buscar patrocinadores para una nueva aventura en el mar. No sin dificultades, Kidd logró formar una sociedad y adquirir un importante buque para trasladarlo al Índico, y así luchar contra los piratas que perjudicaban los intereses de los comerciantes neoyorquinos. Por otra parte, como Inglaterra y Francia se encontraban en guerra, no le fue difícil conseguir una patente de corso para apresar los navíos franceses que se cruzasen en su camino.


El prestigio de Kidd le precedía, y por eso el ánimo cundió entre los londinenses, que se abrazaron incondicionalmente al sueño del capitán mientras arengaba a todos los hombres de mar con su famoso grito pirata: No hay botín, no hay paga. El barco elegido fue el Adventure Galley, de treinta y cuatro cañones, con el partió en 1696 con destino a Madagascar, pero pronto las cosas empezaron a torcerse, porque el tan ansiado botín no parecía llegar nunca, encendiendo los ánimos de su tripulación que llegó a plantearse incluso la posibilidad del amotinamiento. Para atajar la situación Kidd decidió asaltar el primer barco que se puso a tiro, pero para su desgracia este resultó ser una pequeña nave que lucía una bandera británica, por lo que su acción le convirtió en pirata. Algo que le costaría muy caro.

Desde ese momento la suerte, que hasta ese momento había sido esquiva con el navegante escocés, volvió a ponerse de su parte, pero no por mucho tiempo porque poco después, especialmente a partir de 1698, las cosas empezaron a torcerse definitivamente al tener constancia de que el Gobierno británico le había declarado pirata, por lo que comprendió que era un hombre sentenciado y perseguido.


Ante lo delicado de su situación decidió abandonar el Índico, iniciando un épico viaje en el que se vio obligado a superar todo tipo de pruebas, mientras navegaba por medio mundo perseguido por los buques de la Royal Navy. Durante el trayecto, Kidd tomó una decisión fundamental para entender esta historia, porque en algún lugar desconocido de las colonias norteamericanas decidió enterrar su famoso tesoro. Las razones por las que lo hizo no las conocemos. Tal vez trató de guardarse una carta bajo su manga para poder negociar un posible rescate. Quizás lo único que pretendía era asegurarse una feliz jubilación una vez superase los trámites jurídicos que debía afrontar como consecuencia de los actos vandálicos que había protagonizado contra los barcos de Su Majestad.

No podía estar más equivocado porque en 1699, el corsario llegó a Boston para ser apresado y cargado de cadenas, como un vulgar criminal, con las que viajó detenido hacia Inglaterra, en donde le esperaba una pequeña e insalubre celda en la prisión de Newgate. Allí se vio forzado a compartir espacio con los más peligrosos delincuentes de los bajos fondos londinenses, esperando un juicio cuyo veredicto estaba escrito de antemano.

Finalmente en 1701 fue juzgado junto a nueve de sus hombres ante el Tribunal de lo Criminal, acusado de saqueo ilegal y homicidio. De nada le sirvieron sus intentos de probar su inocencia, ya que fue condenado a ser ahorcado por piratería. La pena se aplicó el día 23 de mayo de 1701 en el Execution Dock, a orillas del Támesis y su cuerpo, ya sin vida, encadenado de pies y cabeza, quedó durante dos días expuesto, balanceándose a merced del viento, para escarmiento y advertencia por haber atentado contra los intereses de la poderosa oligarquía británica.


El enigma del capitán Kidd no acabó con su vida. Los rumores se empezaron a propagarse por tabernas, puertos y villas marítimas de ambos hemisferios. Habladurías que hacían referencia a un tesoro oculto, valorado en más de un millón de libras esterlinas, y que empujaron a un variopinto grupo de aventureros, bohemios y cazatesoros a seguir los pasos que había recorrido el antiguo corsario, y así comprender el itinerario seguido para enterrar su tesoro. A pesar de que excavaron afanosamente en una y otra isla, nadie pudo encontrar ni una sola pista del misterioso botín, dando alas a la imaginación, en una sociedad ávida de riquezas y que comenzó a leer con fruición las nuevas novelas sobre piratas, entre las que destacó la famosa Isla del Tesoro, de Stevenson, que alimentó con esperanza tan vanas ilusiones.

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